LA TELEFONISTA DE LA MONCLOA. Creíamos haber perdido a Silvia Intxaurrondo, que era como la telefonista de la Moncloa y nos sentíamos ya sin ella un poco desconectados del teléfono de góndola de Sánchez, que seguro que lo tiene también en una góndola de verdad. Hay muchos teletubbies de Sánchez, pero nadie como Intxaurrondo, que enchufando y desenchufando cables y consignas lo hacía todo lánguido, serio, fabril y coreográfico, una cosa entre telefonista de antes y la Spice Pija, Victoria Beckham. Estaba Intxaurrondo de vacaciones, o de retiro, poniendo en las redes sus plantitas, como una señorita de Downton Abbey de la Moncloa, mientras aquí nos preguntábamos si se iría a La Séptima, o si se habría replanteado la vida de telefonista. Creíamos haberla perdido, como a la inocencia, pero la hemos vuelto a ver impartiendo lecciones de periodismo, que es como si las impartiera de canto.

Apareció Intxaurrondo en esa cosa tan modesta que montó elDiario.es, el Festival de las Ideas y la Cultura (podrían haber añadido algo más: de la civilización, del bien, de la belleza, de lo cojonudos que somos, del asco que dan los fachas…). Y apareció como una alegoría del periodismo con antorcha y broche en la clavícula, o quizá sólo con pinganillo de la Moncloa. A la alegoría con pinganillo, tan valiente, le parecía una cobardía la neutralidad entre la verdad y la mentira, aunque se le olvidaba que todavía hay algo peor, que es escoger la mentira. Uno no podía evitar repasar sus hits entre flashes y tules: Leire, la militante de la que sólo había una foto, o las mordidas de Cerdán que no tenían por qué ser ilegales sino “comisiones reflejadas por contrato”, o llamar bulo a que el hermanísimo no supiera dónde trabajaba... Un hito en la valentía y en la profesión. Pero es tan profundamente monclovita negar lo que todos ven, defender lo contrario a lo que haces y acusar a los otros de hacer justo lo que haces tú, que yo sentí verdadera morriña. Nos falta en la mañana, distribuyendo consignas y tapando agujeros con su agonía sin prisa, con su coreografía sin música, con su voz sin voz (Victoria, como bien señalan en The Boys, no tenía ni línea propia en Wannabe). Intxaurrondo nos falta casi infantilmente, como una spice girl o Rose Mary la telefonista.
EL TEBEO DE LOS IMPUTADOS. A la directora de la Guardia Civil, Mercedes González, la han imputado por “hacer dos cafés” (no vamos a abundar en las comparaciones por no decir qué podía hacer Ábalos). Al menos, eso le decía a Ferreras la portavoz del PSOE, Montserrat Mínguez, yo creo que preocupada de que la puedan imputar por hacerse dos cardados. Van a caer todos, pero no por ser una cueva de ladrones y una mafia sino por ir de tardeo o de pelu, por ser profesor de clarinete o empresaria de éxito, o, como mucho, por extorsionar a alguien en un tropiezo. Los jueces ya los van a imputar simplemente por no estar imputados, que eso empieza a ser un mérito, o un demérito quizá, en el sanchismo. El caso es que el PSOE despacha las imputaciones confundiendo los delitos con el decorado, la fontanería con la confitería y las mordidas con el bonobús, y, claro, nadie dimite por esas tonterías. Han imputado a Mercedes González acompañada de guardia civil y todo, como Lola Flores, como han imputado ya a todos los presidentes de la Sepi nombrados por la mujer más poderosa de la democracia, María Jesús Montero, y acaban de imputar hasta a la pobre Jesi, maja semidesnuda de Ábalos. Y a decenas más, que en Espejo público quisieron echar las cuentas y les salía una serie o un tebeo: “Aquí no hay quien dimita”.

Yo creo que no dimite nadie porque, simplemente, nos quedaríamos sin gente, sin Gobierno, sin PSOE y hasta sin cafés vieneses. Seguramente nos quedaríamos hasta sin Estado, o estamos ya sin Estado, porque, por lo que vemos, la “organización criminal” que citan los varios jueces lo alcanzaba todo, de la Fiscalía a la Guardia Civil, de las empresas públicas a los ministerios, de Ferraz al mismo Consejo de Ministros. En Espejo público, José Manuel García-Margallo, con su pesimismo y su lucidez noventayochistas, tenía que irse hasta Perón o Chávez para encontrar una situación similar a la de la España sanchista. Inevitablemente, citaba a Ortega y Gasset, que es como el ángel de sombra e inteligencia que nos persigue, y que en aquel célebre artículo suyo del año 30 nos decía: “Españoles, vuestro Estado no existe. ¡Reconstruidlo!”. Pero yo creo que estamos a otras cosas, que nuestro principal problema parece que es Vito Quiles, un payaso con micrófono de gomaespuma, como tantos del otro lado, al que en La Sexta (y en más sitios) llaman “agitador ultra” (nos vienen a la mente los “agitadores a sueldo de Moscú” del franquismo o los “agitadores antisoviéticos” al otro lado). A ver si pillan ya a Quiles y volvemos a la democracia mafiosa o quizá sólo cafetera.
LOST IN TRANSLATION (DEL ANDALUZ). Al bueno de Manu Sánchez, ingenioso y curil, gadita sevillí (según a quien preguntes, esto puede ser lo mejor o lo peor que le puede pasar a alguien); a Manu, en fin, le sacan todas las semanas una polémica que tiene un poco de lost in translation y un poco de razón. Aparte de que sacar a Hitler por haber jugado con Austria transparenta muchas ganas de sacar a Hitler, como el que tiene muchas ganas de sacar el dóberman; y aparte de que “la prioridad nacional” de verdad es la de Puigdemont o Rufián; aparte de todo esto, el error de Manu es que, desde fuera, parece que sólo puede ser andaluz, como cuando Beatriz Carvajal hacía sus tipos regionales. Tanto quiere luchar contra el cliché que es un cliché. En realidad, el cliché con orgullo ahora se llama identidad, que hasta a eso le han dado la vuelta. La Juani era un cliché, pero Manu diciendo “ajolá” por “ojalá”, que no es andaluz sino analfabetismo, es identidad. El andaluz no puede ser sólo andaluz, porque lo que pasa es que así sigue siendo el andaluz de siempre.

El bueno de Manu, eufóricamente pedagógico pero un poco abducido, como todos los renacidos, no se da cuenta de que el que se pone cargante con lo suyo, sea lo andaluz, lo catalán, lo progre o lo facha no deja de ser un cargante, con un acento o con otro. Manu parece que está siempre con la gaita andaluza, o con la sardana andaluza, o con la muñeira andaluza, lo español le sale andalusí y lo andalusí le sale de Berlanga, lo universal le queda pueblerino y lo pueblerino no llega a universal. Tiene un como festival folclórico de pueblos en la cabeza, como si llevara muchos gorros típicos encima, y eso da jaqueca. Igual que lo que hizo con piano de fondo, algo como un festival de la OTI en la ONU con pregonero gaditano.
Creo que el error de Manu es que, a pesar de todo, está pidiendo permiso para ser andaluz, para ser igual que los otros pueblos del mundo, que por eso los cita tanto. A mí me parece que los pueblos no existen, que son todos inventados como el de los pitufos, que explicar tanto lo andaluz parece de acomplejado, que si me dicen que hablo muy deprisa y yo digo “escucha tú más ligero” nadie se va a entender, y que si ponen subtítulos no es por supremacistas ni por malajes sino porque no te entienden ni tienen por qué entenderte, pare. A mí me parece que el origen no adjetiva y que quien quiera adjetivar con el origen ya está por Austria, que ser andaluz significa poco o nada, y que las plumas de andaluz o de indio no me gustan. “No vayas de andaluz en Madrid”, me dijo un gran andaluz. Sí, o ya sólo podrás ser andaluz. Que, además, tampoco es para tanto.
LAVATIVA PARA EL PP. Vicente Vallés no necesita darnos sustos o cabezazos como Javier Ruiz, que está en su programa como la bruja del tren de la bruja. Tampoco necesita Vallés la hipérbole o la retórica, él habla como si te leyera el parte médico y por eso es eficaz y terrible como una lavativa. El otro día, la lavativa de Vallés fue para el PP, otra vez a remolque de Vox y sin poder explicar sus propias contradicciones con esto de la ley de nietos. El PP ya presentó una propuesta similar pero no idéntica que, aunque se intente explicar ahora, se pierde en matices que parecen excusas (el personal no está ahora para matices) y en prisas que parecen ansiedad (si el PSOE está ansioso por conseguir votantes de ultramar, el PP está ansioso por robarle votantes a Vox). El resultado suele ser un desastre porque, como decía Vallés, “por muy lejos que pueda ir Feijóo en el debate, Abascal siempre va más lejos”. La diferencia es que “Vox no es un partido de Estado, ni pretende serlo, mientras que el PP ha sido siempre un partido de Estado, y sí aspira a seguir siéndolo”. Como ha ocurrido con Moreno Bonilla y la “prioridad nacional”, la sensación es que Vox arrastra al PP, no que el PP va neutralizando a Vox. Hasta Moreno Bonilla tenía cara de lavativa presentando el acuerdo (a Sánchez no se le nota nada y al PP se le nota todo). Ahora, el PP tendrá que ir naturalizando el pacto, la lavativa y la mala cara. Otros no podían dormir por la noche y ya ven lo tranquilos que están ahora.
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