Política

La 'sanchización' de Rivera: del 'no es no' a la obsesión con ser presidente

En su afán por convertirse en alternativa a Pedro Sánchez, el líder de Cs reproduce sus estrategias y argumentos

El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, durante un acto de campaña

El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, durante un acto de campaña EUROPA PRESS

«Yo defendí al PSOE como alternativa, como alternativa. Yo tuve un punto de discrepancia con Alfredo Pérez Rubalcaba en ese sentido. Él defendía la abstención porque consideraba imposible un gobierno alternativo y yo creí en ese gobierno alternativo que luego, efectivamente, la realidad demostró que Podemos no quiso. Bien, pero yo defendí al PSOE como alternativa al Partido Popular». Después de dormir cuatro horas tras su dimisión como diputado en octubre de 2016, Pedro Sánchez explicaba así a Jordi Évole en la Sexta los motivos de su ‘no es no’ a Mariano Rajoy.

El líder socialista caído defendía que una abstención en la investidura del candidato del PP habría acabado con la posibilidad de que el PSOE se consolidara como proyecto alternativo al Ejecutivo popular.  “Yo tenía una disyuntiva: preservar al PSOE como alternativa o facilitar algo inédito en España, como una gran coalición o el entendimiento entre los dos grandes partidos rivales”, explicó. Convertirse en socio del Gobierno de Rajoy supondría la autodestrucción del PSOE como alternativa, aseguraba entonces Pedro Sánchez.

Casi tres años después, el argumento se repite. «Hoy se cumplen dos meses desde las elecciones generales, hoy se cumplen dos meses desde que Cs sacó 57 escaños. Hoy se cumplen dos meses desde que Ciudadanos se convirtió en una alternativa de Gobierno». «Que construyamos esa alternativa es una cuestión de estado». Así se pronunciaba el pasado viernes Albert Rivera ante los dirigentes de su partido para cerrar la crisis interna generada por la negativa de Cs a negociar  una abstención o un pacto de legislatura con el PSOE.

En ambos casos, los líderes complementan sus argumentos políticos con relatos morales. Sánchez justificaba su ‘no es no’ en que el PP estaba siendo investigado por el caso Gürtel y Rivera lo hace apelando a las controvertidas relaciones políticas del «sanchismo» con independentistas, populistas y herederos de Batasuna. «No a los golpistas, no a los indultos, no a las presiones a los jueces. Me da vergüenza escuchar al señor Zapatero», reprochó el viernes Rivera.

El líder de Ciudadanos -como en su día hizo el secretario general del PSOE- quiere consolidar a su partido como opción de cambio frente al Ejecutivo socialista. Con su entrada en gobiernos municipales y autonómicos, Ciudadanos empieza a presentarse ante los españoles como un «partido de Gobierno» capaz de asumir en primera persona el Ejecutivo. Rivera da así por amortizada la etapa de Cs como partido bisagra y se prepara para reclamar el poder en primera persona. «Estamos construyendo la España que viene», anunció. «Lo mejor para España hoy es que haya una oposición centrada y moderada», justificó.

El dirigente catalán respondió a las reclamaciones del PSOE para que su partido se abstenga como «tarea de estado». «Lo que es una cuestión de estado es que haya una oposición firme al sanchismo. Eso es hoy una cuestión de estado. Si la única oposición de estado a Sánchez son los que tienen 55 casos de corrupción por resolver… el caso Bárcenas, la Gürtel o el caso Lezo, Sánchez va a estar una década, no una legislatura. Nos jugamos estos días tragarnos a Sánchez una legislatura o una década. Eso es lo que elegimos estos días con la investidura», defendió.

Otro paralelismo entre el ‘no a Rajoy’ y el ‘no a Sánchez’ es que la abstención del PSOE entonces ni la de Cs ahora resulta imprescindible para la investidura. Tanto en la anterior legislatura como en la actual se puede construir otra mayoría en esa votación. El ex presidente del PP la logró para aprobar los Presupuestos Generales del Estado con el voto de siete partidos en el Congreso: PP, Ciudadanos, Coalición Canaria, Nueva Canarias y los aliados electorales de UPN y Foro Asturias. Entre todos alcanzaron la mayoría absoluta de la Cámara con 176 escaños. Días antes, el 18 de mayo, el voto de PP, Ciudadanos y PNV, junto a la abstención de los ocho diputados del PDeCAT, permitió la aprobación del decreto que regula la actividad de los estibadores.

Igual que entonces, Sánchez no necesita la abstención de Ciudadanos para su investidura si recurre a la alianza Frankenstein que le hizo ganar la moción de censura y logra el apoyo de Unidas Podemos, Esquerra Republicana de Cataluña, JxCat, PNV, Compromís, PRC o EH-Bildu, entre otros.

Lo que sí diferencia a ambas investiduras es que Sánchez podría haber configurado un Gobierno alternativo, como intentó con su ‘pacto del abrazo’ con Albert Rivera, que fue tumbado por Podemos en su investidura fallida, mientras que ahora no hay posibilidad de que otro candidato que el socialista sea investido como presidente.

En esa investidura fallida de marzo de 2016, Rivera aspiraba a ser vicepresidente de un Gobierno de Pedro Sánchez. Hoy ese cargo no cumple con sus expectativas, que pasan por desbancarle como jefe del Ejecutivo. El líder de Cs rozó con los dedos ese sueño en mayo de 2018, cuando el PSOE presentó la moción de censura a Mariano Rajoy tras la sentencia del caso Gürtel.

La encuesta del CIS publicada entonces situaba a Ciudadanos como segunda fuerza política en intención de voto, superando al PSOE y pisándole los talones al PP. Otros sondeos privados le atribuían la victoria electoral y Rivera gozaba de un protagonismo político por el desafío independentista que contrastaba con la irrelevancia política de Pedro Sánchez. Pero el líder de Cs cometió un fallo de cálculo que ahora no está dispuesto a repetir. Pensó que la moción de censura derivaría en unas elecciones en las que tenía muchas posibilidades de ganar y en un primer momento la respaldó. Pero en vez de abocar a las urnas, la maniobra fue un éxito y Pedro Sánchez fue quien se convirtió en presidente.

Desde entonces, Rivera lucha por convertirse en la alternativa real a Sánchez ante los ojos de los españoles. Para lograr esa meta, Rivera necesita sustituir al PP como líder de la oposición y que el Ejecutivo socialista sea débil e inestable para que pueda caer lo antes posible, como lo hizo en febrero, tras sólo ocho meses de Gobierno, por su desencuentro con los independentistas catalanes.

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