Política

Sánchez urdió el pacto exprés para cortar de raíz el debate sobre su fracaso el 10-N

Moncloa temía que el PP pidiera la cabeza del candidato socialista a cambio de su abstención en la investidura

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Sánchez urdió el pacto exprés para cortar de raíz el debate sobre su fracaso el 10-N

El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez., durante un acto electoral del PSOE. EFE

Resumen:

El mensaje iba llegando durante la campaña, pero las alarmas saltaron en Moncloa la misma noche electoral. Pedro Sánchez había fracasado en su apuesta de repetir elecciones y temía las consecuencias internas y externas de ese error. En el PSOE crecía el malestar por la estrategia decidida junto a su jefe de gabinete, Iván Redondo, diana de todas las críticas, mientras en el exterior se fraguaba la posibilidad de que el PP ofreciera su abstención a la investidura a cambio de que Sánchez no fuera el candidato a presidente del Gobierno. Sería su oferta in extremis para evitar terceras elecciones.

Al presidente en funciones le ha costado mucho llegar a la Secretaría General del PSOE en contra de todo el establishment del partido y ha trabajado mucho para no volver a sentirse cuestionado. Debía reflexionar sobre la situación, por eso la noche del domingo no respondió a los dos SMS enviados por Pablo Iglesias ni a la llamada de Pablo Casado, al que contestó la mañana siguiente con un escueto «ya hablaremos». Precisamente el discurso del líder del PP en la noche electoral había hecho mella en su ánimo.

«Sánchez ha perdido su referéndum. Sánchez ha fracasado, es el gran derrotado el día de hoy, los españoles han hecho una moción de censura a Sánchez. Ha perdido tres escaños, ¿para qué quería convocar elecciones si supuestamente era para dar más estabilidad, más gobernabilidad y más margen al Partido Socialista? Ahora lo tiene mucho más difícil para formar Gobierno y ha hecho que los españoles lo tengan mucho más difícil en su día a día. Por eso, nosotros le decimos al Partido Socialista que debería pensar y valorar su futuro. Debería plantearse qué quiere hacer cuando ha fracasado y la gobernabilidad es más difícil todavía. Nosotros pensamos que España no puede esperar más. España no puede seguir siendo rehén de los intereses personalistas de Pedro Sánchez», advirtió Casado.

El lunes por la mañana siguieron las veladas amenazas del PP. Su secretario general, Teodoro García Egea, celebraba una ronda de entrevistas en radios y televisiones descartando que el PP facilitara la investidura de Sánchez con su abstención. En sus declaraciones, el dirigente popular se refería siempre a Sánchez, no al PSOE, un matiz que no pasaba desapercibido en Moncloa. «No podemos abocar a España a tener un presidente del que no se fían ni sus socios», aseguraba, invitando al PSOE a «reflexionar» sobre la continuidad de su líder. El PP azuzaba la rebelión interna en el PSOE desde la campaña electoral, cuando algunas informaciones deslizaban que ofrecería la abstención con la condición de que el candidato no fuera Pedro Sánchez. En Moncloa habían captado el mensaje.

«Alguien tiene que pagar por esta irresponsabilidad. Se ha gastado 200 millones de euros en estas elecciones para nada», insistía García Egea. «No hay ninguna posibilidad de que apoyemos a Sánchez», aseguraba.

Además, ese lunes Génova repartió un argumentario interno entre sus cargos que animaba a los dirigentes del PP a repetir por toda España la tesis de que, «por responsabilidad, Sánchez debería pensar en irse, ya que no ha estado a la altura de las circunstancias». «España no se merece un presidente como Sánchez» aseguraba el documento del PP, que acusaba al candidato socialista de haber «utilizado todas las instituciones del Estado para su interés personal y el de su partido». En Moncloa entendieron que el PP preparaba el terreno para pedir la cabeza de Sánchez y decidieron actuar.

Temerosos de que ese mensaje empezara a calar y que poderes políticos, económicos y mediáticos señalaran a Sánchez como el problema, en vez de la solución, Sánchez y Redondo activaron en secreto la única vía hacia la investidura al margen del PP y de Cs: el acuerdo con Podemos. «Es muy bueno en las reacciones. Siempre ha sabido reaccionar», explican fuentes cercanas. Esa respuesta instintiva por la supervivencia le llevó a asegurarse el puesto como candidato a la investidura gracias al apoyo de los 35 diputados de Unidas Podemos. El precio lo conocía y ahora estaba dispuesto a pagarlo: el nombramiento de Pablo Iglesias como vicepresidente. Sólo tardó una hora en cerrarlo el lunes por la tarde con él en la Moncloa.

Con este acuerdo, el líder socialista también cerraba la boca a Iglesias, que con su lengua afilada había hecho «mucho daño» durante la campaña electoral. «Ha sido una campaña de todos contra Pedro Sánchez», se lamentaba el lunes el secretario de Organización, José Luis Ábalos, que también reprochaba a los periodistas que no otorgaran al presidente en funciones la condición de vencedor en los comicios. «La campaña de Iglesias ha sido contra el PSOE», explican fuentes socialistas, que temían el efecto que podría seguir teniendo el discurso de Podemos negando que el PSOE fuera de izquierdas e insistiendo en que Sánchez prefería pactar con el PP. Tras el fracaso de la apuesta electoral para acabar con el bloqueo, el líder socialista decidió presentarse como protagonista del desbloqueo lo antes posible.

Las acusaciones de Iglesias eran ciertas y Sánchez estaba «loco por la música» -según fuentes cercanas- por pactar con Albert Rivera tras los comicios de abril, cuando el centro-izquierda y el centro-derecha sumaban 180 diputados y podrían haber conformado el Gobierno favorito de la mayoría de los españoles. Así lo mostró el propio Sánchez cuando esa noche electoral contradijo a los militantes que gritaban en Ferraz «con Rivera no» para anunciar que él no lo vetaría. El líder de Ciudadanos ha pagado con su carrera política ese error y Sánchez ha sido expulsado por los electores del centro, un espacio político en el que no consigue crecer a pesar de sus esfuerzos por la centralidad y la moderación.

El pasado domingo, el centro le dio la espalda con 760.159 votantes menos. Sólo el 4,4% del electorado de Ciudadanos se ha pasado el PSOE y un 17% de los votantes socialistas han optado por la abstención, a la que se ha sumado un 19,5% del electorado de Podemos (533.227).

El cambio de criterio radical respecto a su negativa a meter a Podemos en el Gobierno le ha valido el reproche mediático por su falta de palabra. Pero también ha dejado fuera de juego al PP, ya sin margen de maniobra. En su primera comparecencia tras conocerlo, Casado apeló al regreso del «PSOE histórico» con el que se podía «desbloquear pactos» ante un presidente en funciones «que es el tapón a cualquier lógica de pacto». «La cabra tira al monte y Sánchez ha dejado claro que está de acuerdo con la radicalidad de izquierda», lamentó.

Además, el pacto exprés entre Sánchez e Iglesias ha movido el foco de atención. Sánchez y Redondo han desviado el debate hacia otras cuestiones logrando que todos den por hecho que el líder socialista seguirá siendo presidente del Gobierno. El pacto exprés pretendía reafimar ese hecho como una certeza incontestable y así lo ha conseguido. El debate sobre la continuidad de Sánchez ha sido cortocircuitado de raíz. Las tertulias y los artículos de opinión ahora se dedican a otros asuntos, como a las quinielas sobre los apoyos parlamentarios o sobre los ministros, pero ya no cuestionan la figura del presidente ni su fracaso el 10-N.

La gran incógnita ahora es si ese Gobierno de coalición recabará los apoyos necesarios. La pérdida de un escaño del PNV en favor del PP complica aún más la aritmética, que depende de los independentistas de Esquerra Republicana de Cataluña. Por interés propio, Iglesias ya ha puesto a trabajar como puente con los independentistas al dirigente de En Comú Podem Jaume Asens, pero el PSOE no está dispuesto a hacer grandes concesiones en principio. Si esa alianza fracasa y el PP se niega a la investidura, Sánchez ya no será señalado como responsable del bloqueo, como ha ocurrido en esta campaña electoral. Su abrazo con Iglesias delante de todas las cámaras aumenta su credibilidad al asegurar que él lo ha intentado esta vez en serio.

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