Opinión

'La Odisea' de Christopher Nolan: la película que normaliza la ocupación del Sáhara

Christopher Nolan durante el rodaje de 'La Odisea'.
Christopher Nolan durante el rodaje de 'La Odisea'. | Melinda Sue Gordon / Universal Pictures

La Duna Blanca de Dajla (antigua Villa Cisneros) es una colosal formación de arena de color blanco inmaculado que emerge de forma única en medio de una laguna de aguas turquesas del Atlántico. Se ubica a unos 30 kilómetros de la ciudad ocupada, en una zona de transición exacta donde el desierto hiperárido choca con el oleaje del océano y rompe abruptamente con el suelo rocoso y oscuro del terreno que la rodea.

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Su aspecto físico cambia radicalmente según el ciclo diario de las mareas. En las horas de marea baja, se aprecia como un promontorio gigante de arena perfectamente accesible a pie o en vehículos desde la costa. Al subir la marea, el agua de la bahía la circunda por completo, transformándola visualmente en una isla flotante de arena aislada en medio del mar cristalino. Posee laderas empinadas y crestas altas desde las cuales se obtienen vistas panorámicas completas de la laguna, los acantilados aledaños y la silueta de la cercana Isla del Dragón.

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Durante cuatro días, en la segunda quincena de julio del año pasado, este idílico paraje albergó el rodaje de la superproducción británico-estadounidense La Odisea, de Christopher Nolan. El filme, cuyo coste ronda los 250 millones de dólares, se filmó en 91 días (del 25 de febrero al 8 de agosto de 2025). Su estreno –promocionado a bombo y platillo en radio, televisión y prensa escrita– está previsto para el próximo 17 de julio.

Lo verdaderamente indignante de esta situación es la hipocresía de Nolan –una lacra endémica de nuestro tiempo y que, al parecer, es proporcional al poder o la fama acumulados–, quien se vale del esplendor de la Duna Blanca para representar una epopeya literaria al tiempo que oculta la criminal invasión del territorio saharaui y el intento de exterminio de su pueblo desde hace medio siglo.

El cineasta británico, célebre por diseccionar los dilemas morales de la historia en obras como Dunkirk u Oppenheimer, está preparando a escala global la exhibición de su gran fresco cinematográfico: una adaptación de La Odisea de Homero. Sin embargo, para filmar el viaje de Ulises de regreso a su Ítaca natal, la producción ha elegido un escenario que transforma la obra de arte en un frío artefacto de propaganda geopolítica.

Al clavar sus cámaras en la emblemática Duna Blanca de la península de Dajla, en el extremo meridional del Sáhara Occidental ocupado, Universal Pictures no solo filma un mito griego; está falsificando, invisibilizando y sepultando la verdadera y trágica odisea del pueblo saharaui.

Subyace una ironía perversa en la elección de este paisaje. El relato homérico es, en esencia, la lucha desesperada de un hombre por volver a su hogar, por defender su tierra legítima de los usurpadores y por restaurar la justicia. Que Nolan decida filmar esta oda al retorno en un territorio del que toda una población autóctona ha sido expulsada a sangre y fuego, bajo salvajes bombardeos con napalm y fósforo blanco, es una contradicción ética insalvable.

Mientras el elenco de actores encabezado por Matt Damon simula la nostalgia del exilio sobre la arena de Dajla, miles de familias saharauis sobreviven en los campamentos de refugiados de Tinduf, resistiendo estoicamente, década tras década, en uno de los entornos más inhóspitos del planeta, separados y privados de su patria por un muro militar de 2.720 kilómetros plagado de millones de minas antipersona. Esa es la odisea real; la de Nolan es puro simulacro edificado sobre el despojo y el crimen de lesa humanidad.

La presencia de este megaproyecto en la Duna Blanca no es un hecho meramente logístico o paisajístico; es un acto flagrante de artwashing (lavado de imagen a través del arte). Al aceptar los jugosos incentivos fiscales, la protección del ejército ocupante y los permisos de las autoridades de Rabat y etiquetar esos paisajes bajo el sello oficial del Reino de Marruecos, el equipo de Nolan valida y normaliza una ocupación militar que los tribunales internacionales –incluyendo las tajantes sentencias del Tribunal de Justicia de la UE– han declarado ilegal de forma sistemática.

La estrategia del ocupante es vieja pero efectiva: vaciar el territorio de su identidad para ofrecerlo como un lienzo en blanco para el consumo occidental. En el encuadre de Nolan, la Duna Blanca aparecerá prístina, imponente y mística. Pero las cámaras operan por exclusión. Lo que el espectador no verá en la pantalla grande será la asfixia sociocultural de la población saharaui que resiste bajo la ocupación. Tampoco tendrá conciencia de la represión brutal, las detenciones arbitrarias, la tortura y el asesinato de civiles (incluidos niños, mujeres y ancianos), ni del expolio indiscriminado de los recursos naturales de un pueblo al que nunca se le ha pedido el consentimiento para rodar en sus playas. El desierto se presenta ante el público como un "no-lugar" exótico, un parque de atracciones para la industria cinematográfica que limpia la sangre de las dunas con el glamour de la alfombra roja.

No podemos seguir amparando la idea de que el arte es un territorio neutral e inmune a las tragedias del mundo real. Christopher Nolan, un director obsesionado con el peso de las consecuencias humanas en el devenir de la historia, no puede alegar ignorancia. Cooperar con un régimen que utiliza el cine como herramienta para anexionarse por la fuerza un territorio no autónomo considerado la última colonia de África es una toma de postura política desoladora.

Cuando esta película llegue a los cines de todo el mundo, cada entrada vendida será, en parte, un voto de silencio a favor del statu quo anexionista. El público tiene la responsabilidad de mirar más allá de la pantalla y denunciar este atropello a la legalidad internacional. La majestuosidad técnica de Hollywood no puede servir de anestesia moral. Si permitimos que llegue a las pantallas La Odisea de Christopher Nolan, habiendo blanqueado en su filmación la conversión del Sahara Occidental en una enorme cárcel a cielo abierto, habremos tolerado que el cine no solo falsifique el paisaje, sino también la memoria y la justicia de un pueblo que sigue luchando y esperando su propio regreso a casa.

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