El presidente del Gobierno ha rechazado de forma tajante la idea de que su victoria en la moción de censura tuvo que ver con pactos inconfesables con los partidos que le apoyaron. Su tesis es que su llegada a Moncloa fue el resultado de una conjunción política, ‘astral’ que diría Leire Pajín, que confluía en un sólo fin: echar a Mariano Rajoy.

Acostumbrados a ver que los partidos no dan nunca nada gratis, y con qué habilidad negocian sus apoyos, algunos con enorme e inmediata rentabilidad, como es el caso del PNV, costaba creer que, en este caso, la cosa fuera diferente. Pero siempre hay una primera vez para todo. Así que en El Independiente le dimos a Pedro Sánchez el beneficio de la duda y creímos que iba a tener la habilidad de gobernar durante los dos años que quedan de legislatura sin ataduras previas, desde la centralidad y pensando, sobre todo, en la mayoría de los ciudadanos que, por cierto, no le votaron en las últimas elecciones.

El bochornoso espectáculo de la renovación del consejo de RTVE nos ha quitado la inocente venda de los ojos: Moncloa  sí tenía un precio.

Lo intuíamos con el acercamiento de los presos del procés a Cataluña (algo había que dar a PDeCat y ERC por su respaldo a la moción), o con el acercamiento y tal vez excarcelación de presos etarras (la pirueta del PNV fue tan brusca, de apoyar el presupuesto a tumbar al presidente, que era menester alguna concesión), pero con la propuesta de Andrés Gil como nuevo director del Ente Público tenemos una prueba incuestionable: el testimonio del principal responsable de que Sánchez fuera elegido, Pablo Iglesias, retransmitido por la directora de Público.es, Ana Pardo de Vera, a quien el líder de Podemos ofreció previamente el cargo. Dice Pardo de Vera en un hilo en su cuenta de Twitter: “El lunes me llamó Pablo Iglesias para decirme que el presidente Sánchez y él habían alcanzado un acuerdo para que los nombramientos de RTVE dependieran de Podemos”.

Iglesias se permitió el lujo de tumbar la candidatura de Arsenio Escolar (ex director de 20 Minutos), que era el propuesto por el presidente. El rechazo de Pardo de Vera, candidata de Iglesias, según describe la propia periodista, no fue debido a su currículum o a su hipotética falta de experiencia, sino a que es “demasiado de izquierdas”. Incluso, siempre según la versión de la periodista, el presidente zanjó la cuestión argumentando que, como su hermana Isabel había sido nombrada presidenta de Adif, ella no podía ser presidenta de RTVE.

Como pueden ver, todos estos argumentos poco o nada tienen que ver con la capacidad para dirigir el mayor conglomerado mediático del país por presupuesto y número de empleados.

Al final, la propuesta de Andrés Gil (jefe de Política de Eldiario.es) salió del propio Iglesias y fue aceptada por el presidente del Gobierno.

La idea que tiene Podemos de los medios de comunicación la conocemos sobradamente por los escritos del partido y las manifestaciones de su líder. Iglesias ha visto desde hace años el potencial de la televisión (mucho más que el de la radio o el de los periódicos) en el debate político, su poder disuasorio y movilizador. Es consciente de que el ascenso de su formación se debe en gran medida a su proyección televisiva. Como gran maestro de la agitación y la propaganda sabe de la influencia que proporciona el manejo de un conglomerado tan potente como RTVE. Para él se trata casi de una obsesión. Sólo hay que recordar la rueda de prensa del 15 de febrero de 2015 cuando, a cambio de su apoyo, pidió a Sánchez la dirección de la televisión y el CNI. Tres años y medio después, se ha salido con la suya. Todo un premio a la perseverancia.

Naturalmente, los profesionales de RTVE han recibió la propuesta (el consejo de RTVE debe estár constituido antes del próximo 8 de julio) con indignación. Están hartos de que la dirección del Ente sea fruto del mercadeo político y de que se ignore la capacidad que hay en la propia casa a la hora de nombrar a su máximo gestor.

Porque, no lo olvidemos, el presidente de RTVE debe ser, fundamentalmente, un gestor. Estamos hablando de un grupo empresarial que maneja un presupuesto cercano a los 1.000 millones de euros, que emplea a más de 6.000 personas, y cuya credibilidad y audiencia se encuentra en mínimos históricos.

¿Qué televisión pública queremos? ¿Estamos dispuestos a seguir pagando vía presupuesto un aparato de propaganda del gobierno de turno? Si pretendemos acercarnos al admirado modelo de la BBC desde luego el paso dado esta semana no ha ido en la dirección correcta. Es verdad que se trata de una dirección provisional, temporal, como se advierte en el decreto aprobado el viernes 22 de junio. Pero las maneras que se apuntan no son precisamente las más adecuadas para que los ciudadanos confíen en que, por fin, RTVE va a servir a sus intereses y no a los de un partido o una ideología.

Habría que remontarse a la etapa de Luis Fernández para recordar algo parecido a la independencia informativa. No sabemos si, finalmente, Gil asumirá la dirección de RTVE -habrá que ver el precio que pone el PNV-. Como siempre, desde El Independiente, daremos un voto de confianza, aunque su decisión de borrar 13.885 tuits, o lo que es lo mismo, la historia de sus opiniones, no nos anima a ser optimistas.