Opinión

EL GOLPE

Nulidad para todos

Nulidad para todos
Foto de archivo dell expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero (i) y el exsecretario de Organización del PSOE y exministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, José Luis Ábalos (d) | EP

Zapatero ya no busca la verdad, la inocencia, la absolución, la rehabilitación, el reingreso en su cielo himalayo, en sus altares rojales y sosales, en su socialismo de sonrisa, lamparón y joyón, que quizá fuera un negocio con la paz, con la guerra, con la vida y con la muerte, pero sería aún un negocio legítimo. No, su defensa ya sólo aspira a la nulidad, la “nulidad general”, la “nulidad en cadena”, que suena a catástrofe no sé si planetaria o doméstica, a que se desmorone el mismo Himalaya en el que él flotaba o a que se vengan abajo, desde el primer disco duro encontrado, todas las pruebas y diligencias contra él, como si se cayeran, uno tras otro, los platos del aparador. También Ábalos y Koldo están en eso, en pedir la nulidad, que es lo que queda cuando no se puede pedir la verdad porque con eso te empapelan. La nulidad es algo que viene como del papa, que yo creo que es más poderoso que Dios porque ni siquiera Dios (lo decía santo Tomás) puede hacer que lo que ya ha ocurrido no haya ocurrido. Sin embargo, el papa, el Tribunal de la Rota y quizá el abogado de Zapatero sí pueden. Es así porque uno pasa del plano divino al mundano, o del plano moral al burocrático. O sea que filosófica o científicamente uno puede asegurar que no se puede deshacer lo hecho, hasta que llega el burócrata y, efectivamente, te lo deshace y te lo firma por triplicado.

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La nulidad no es una herramienta más, es la última aunque esta vez, con Zapatero, haya sido la primera (cada uno, supongo, empieza con lo que tiene, y parece que Zapatero asumió pronto que no tenía nada, aparte de esos ojos fijos en el infinito, en las constelaciones como collares suyos). Ya comentamos que el abogado de Zapatero, Víctor Moreno Catena, no es un especialista en derecho penal como podría pensarse o desearse, sino nada menos que un catedrático de derecho procesal. O sea que ya veíamos que la cosa no iba a estar enfocada en hacer brillar la verdad, así como con vuelos y sombrerazos de Perry Mason, sino en la triquiñuela, en la leguleyería, en el tecnicismo oscuro, en el sello que falta, en el papel volado, en la palabra dada la vuelta. Digo que la nulidad es lo último porque significa renunciar a la inocencia, y por tanto a la reparación, ahora que se habla tanto del daño causado a los investigados, de la pena de banquillo, de los juicios paralelos, que por lo visto los señores jueces, que deben de tener toga como de alquitrán, enfangan mucho aunque luego uno salga absuelto o al menos vivo. La nulidad significa renunciar a la inocencia para salvar el pellejo, cosa que sitúa y retrata muy exactamente a los que recurren a ella.

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Están pidiendo ahora nulidad para los santos y para los pecadores; para Zapatero, el abate de las pulgas pillado como bañándose en leche de burra, y para Ábalos y Koldo, pillados ya entre el tigre y las gachas

La nulidad era algo de esperar en Ábalos y Koldo, que ya están en la trena tallando flautas y empezando a enamorarse de los desconchones y los tatuajes, y lo que les queda. Pero es más difícil entenderlo en Zapatero, al menos desde la iconografía que él vende de sí mismo, la de socialista de escudilla, la de pequeño saltamontes, la de Campanilla de la democracia. Zapatero no era sólo un expresidente haciendo, como Felipe, de jarrón chino inútil o tentetieso o de consejero en alguna poderosa eléctrica camuflada de panal o de mariposa. Zapatero era un expresidente que hacía de dalái lama, que iba con una dignidad, con una reputación, con un manto orgulloso y pordiosero, con rezos y crótalos, con bueyes y palomas. Seguramente, o ya sin duda después de verlo a él ante el juez y de ver a su abogado con capa y chistera; seguramente o sin duda, se trataba de lo que decía Roland Barthes del abate Pierre, o sea una peligrosa sustitución de la verdadera justicia por simples signos de caridad, modestia o retórica pelusera; una peligrosa sustitución, eso sí, aceptada por su público de ojo o mente perezosos. Pedir la nulidad es reconocer la mentira de esta pose, la hipocresía de sus pelotillas, el cinismo de sus palabras, la derrota de su personaje. Los inocentes, menos aún los santos, no piden nulidad, sino justicia.

Están pidiendo ahora nulidad para los santos y para los pecadores; para Zapatero, el abate de las pulgas pillado como bañándose en leche de burra, y para Ábalos y Koldo, pillados ya entre el tigre y las gachas. En el caso de Zapatero, además, la nulidad en realidad son muchas nulidades, que está pidiendo nulidad por muchas cosas y trastos y ya no sabe uno cuál es la nulidad primigenia, la fundamental, la troncal, la definitiva: el disco duro del también investigado Miguel Palomero, el teléfono incautado a Rodolfo Reyes, la agenda y los wassaps de su secretaria Gertrudis, más sacristana o hermana de cura que secretaria, los subsiguientes registros… La cosa es que cada petición de nulidad apunta a una necesidad y a una desesperación, cada petición de nulidad nos descubre el cacharro o las pruebas por los que podría acabar empapelado, y resulta que son casi todos. La nulidad múltiple señala a una culpabilidad a la que se puede llegar, por tanto, a partir de múltiples fuentes. Cada petición de nulidad en el ámbito pragmático o burocrático lleva a una presunción de culpabilidad en el ámbito moral. La nulidad total lo que parece, pues, es la culpabilidad total.

Zapatero, con un abogado con doble fondo, como las cajas de prestidigitación, y Ábalos y Koldo, con la desesperación de los que ya no tienen nada que perder, han renunciado a la inocencia y ya sólo piden la nulidad, que quede el hecho pero desaparezcan las consecuencias, que ya es bastante viendo la que tienen encima. La nulidad por vulneración de derechos, la nulidad porque faltaba una póliza, la nulidad porque había un poli de Trump o de Rambo, la nulidad porque había inquina en esos jueces que son como cormoranes envueltos en alquitrán... Lo que sea les vale, sobre todo a Ábalos y a Koldo. Y, aunque sorprenda a los creyentes, al público o clientela del abate Pierre, también le sirve al propio Zapatero rampante, con vellocino de oro y joyas austrohúngaras, que dormía desnudo con sus collares y traficaba con el poder o hasta con vidas. Lo mismo les vale y, quién sabe, lo mismo les funciona. Eso sí, el Zapatero que existía hasta ahora no sólo está derrotado sino muerto. Y con él, seguramente, también Sánchez y su PSOE. Nadie ahí pretende ya ser santo, ni siquiera inocente.

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