La República Democrática Alemana se fundó en octubre de 1949 sobre un mito constituyente: el de ser la “verdadera” Alemania, la antifascista, la que había roto con el pasado nazi mientras la República Federal, según la propaganda del SED –el Partido Socialista Unificado de Alemania, en la práctica el partido único del régimen–, prolongaba bajo otras formas el mundo capitalista e imperialista que había desembocado en Hitler. Ese relato, sostenido durante cuarenta años, descansaba sobre una ficción demostrable. En realidad, la mitad oriental de Alemania nunca fue depurada de nazis. Los había absorbido, reciclado y, en muchos casos, ascendido. En Bonn la desnazificación se interrumpió por inercia, hipocresía y prioridades de la Guerra Fría. En Berlín se interrumpió antes incluso de empezar, y se sustituyó por un blindaje ideológico que hizo invisible, y por tanto inviolable, el pasado de los cuadros del régimen.
En su libro Postguerra, Tony Judt resumió la operación: en la Alemania del Este, antiguos comerciantes del mercado negro, especuladores que se habían aprovechado de la guerra y todo tipo de ex nazis se convirtieron en comunistas ejemplares. Durante toda su existencia, el régimen ocultó un sistema entero de continuidad personal entre el Tercer Reich y el Estado obrero y campesino: los mismos hombres, en los mismos despachos, con las mismas técnicas, sirviendo a un nuevo amo.
La integración de antiguos nazis no fue, en la zona soviética, un accidente burocrático ni un mal menor tolerado por necesidades reconstruccion. Fue una política deliberada con tres palancas convergentes.
La primera fue el chantaje administrativo. Los soviéticos disponían, desde 1945, de los archivos del NSDAP, de la Gestapo y de las SS incautados en su zona. Conocían la trayectoria de cada miembro inscrito, cada delación firmada, cada participación en operaciones criminales. El ex nazi promedio no podía permitirse una segunda vida sin la connivencia del nuevo poder, y el nuevo poder lo sabía. La adhesión al SED, partido único comunista, o el ingreso en la administración, la judicatura o la policía, se convirtieron en seguros vitales contra una eventual depuración. La docilidad fue precisamente la cualidad que el régimen necesitaba.
La segunda fue la necesidad funcional. Tras 1945, las élites técnicas, jurídicas, académicas y administrativas alemanas estaban en una proporción abrumadora teñidas de afiliación nazi. Reconstruir un Estado renunciando a ese capital humano era, sencillamente, imposible, al menos a corto plazo y sin paralizar la administración. Bonn lo afrontó con cinismo pragmático. El régimen oriental, con cinismo redoblado por la cobertura ideológica que le permitía hacer lo mismo proclamando lo contrario.
La tercera fue la analogía institucional. El nuevo sistema se parecía estructuralmente al anterior: jerarquía vertical, partido único, policía política omnipresente, control de prensa, delación vecinal organizada, campos de concentración para los disidentes. Para un funcionario formado en el aparato nazi, el tránsito al aparato comunista no exigía reconvertir hábitos, sino jurar a otra bandera. Los Frentes de Trabajo cambiaron de nombre. Los vigilantes de vecindario cambiaron de jefes. Las técnicas siguieron siendo las mismas.
A esta arquitectura se sumó, desde 1948, un instrumento específicamente diseñado para canalizar el reciclaje: el Partido Nacional Demócrata de Alemania (NDPD), fundado bajo patrocinio soviético con la finalidad explícita, aunque jamás reconocida públicamente, de absorber a antiguos miembros del NSDAP, oficiales de la Wehrmacht y funcionarios del régimen depuesto, dándoles una pertenencia política respetable dentro del Bloque Democrático y, por tanto, dentro del consenso del SED. El NDPD fue, sin eufemismo, el partido nazi de la RDA reconvertido en satélite del comunismo.

De la educación a la Stasi
A comienzos de los años cincuenta, más de la mitad de los rectores de los centros de enseñanza superior de Alemania del Este eran antiguos miembros del partido nazi. Esta cifra, que Judt recoge y que ha sido confirmada por la historiografía posterior, implica que la formación intelectual de la primera generación de cuadros del SED estuvo en manos de hombres que, una década antes, habían dirigido instituciones bajo la jurisdicción de Bernhard Rust, ministro de Ciencia, Educación y Cultura durante el Tercer Reich, y de la pedagogía völkisch.
Una década después del final de la guerra, alrededor del 10% de los diputados de la Volkskammer eran antiguos afiliados al NSDAP, principalmente, aunque no solo, a través del NDPD. La cámara que aprobaba leyes antifascistas estaba habitada por ex fascistas con carnet del nuevo régimen.
Mientras, la Stasi, la policía política fundada el 8 de febrero de 1950, no se limitó a heredar las funciones de la Gestapo. Heredó también, en proporciones significativas, su personal. Miles de antiguos empleados, informadores y cuadros de la Gestapo nazi fueron incorporados al Ministerium für Staatssicherheit. Los métodos, el seguimiento, la apertura de correspondencia, la red de informantes domésticos (el sistema IM), la presión psicológica, el trabajo operativo sobre disidentes, prolongaron, refinaron y burocratizaron prácticas inauguradas bajo Heydrich y Müller.
La policía uniformada de la RDA reclutó masivamente, en sus primeros años, a antiguos agentes de la Ordnungspolizei, aquella misma fuerza cuyas unidades habían participado en deportaciones, masacres en el Este y operaciones de la Solución Final. Cambiaron el uniforme y el saludo. Conservaron el oficio.
En cuanto a la judicatura, se mantuvo en muchos puntos del territorio a antiguos jueces y fiscales del Tercer Reich, ahora encargados de juzgar crímenes contra el Estado de los obreros y campesinos. Los mismos togados que habían dictado sentencias contra socialdemócratas, comunistas, judíos o testigos de Jehová bajo el código nazi pasaron a dictar sentencias contra disidentes, cristianos, intelectuales o saboteadores económicos bajo el código socialista. La técnica jurídica era idéntica. La ideología subyacente, sustituible.
Los mismos campos
Pero fue en las cárceles y los campos donde el reciclaje alcanzó su forma más sombría. Los antiguos campos de concentración nazis de Buchenwald y Sachsenhausen fueron reabiertos en 1945 por la administración soviética como Speziallager (campos especiales) números 2 y 7, respectivamente. Allí fueron internados, en una primera fase, antiguos cuadros del NSDAP, miembros de las SS y de la Hitlerjugend, pero también, muy pronto, socialdemócratas, miembros de partidos burgueses, supuestos saboteadores, denunciantes anónimos y simples sospechosos. Las cifras son devastadoras: entre 1945 y 1950, decenas de miles de internos pasaron por estos campos y se calcula que entre un cuarto y un tercio murieron, sobre todo de hambre, frío y enfermedades, en muchos casos en los mismos barracones donde antes habían muerto víctimas del nazismo. El simbolismo es atroz: la continuidad geográfica del horror, con vigilantes en parte heredados.
El aparato represivo del Tercer Reich, intacto en sus estructuras y en buena parte de sus hombres, fue puesto al servicio de una nueva tarea
De todos los detalles ninguno tiene la fuerza ética del que sigue: las víctimas políticas del nuevo régimen comunista, acusadas, en una formulación de cinismo perfecto, de ser criminales nazis, fueron a menudo detenidas por policías ex nazis, juzgadas por jueces ex nazis y vigiladas por guardias ex nazis, en cárceles y campos de concentración nazis adoptados en bloque por las nuevas autoridades. Es decir, el aparato represivo del Tercer Reich, intacto en sus estructuras y en buena parte de sus hombres, fue puesto al servicio de una nueva tarea, la represión del disidente comunista o democrático, bajo una nueva bandera. La víctima de los años cincuenta se enfrentaba al mismo verdugo que su predecesor de los años cuarenta.
Esta circunstancia es uno de los argumentos morales más fuertes contra cualquier reduccionismo que oponga totalitarismo nazi y totalitarismo comunista como categorías metafísicamente incomunicables. En la RDA temprana no fueron categorías incomunicables, sino categorías articuladas por una continuidad personal y técnica deliberada.
La naturaleza nazi del régimen comunista
¿Por qué pudo sostenerse esta operación durante cuarenta años sin grietas públicas mayores? Porque la doctrina antifascista de Estado funcionaba de esta manera: el ciudadano de la RDA no podía formular, ni siquiera concebir, la pregunta sobre el pasado nazi de un cargo del SED, de un juez, de un oficial de la Stasi o de un rector universitario. Plantearla equivalía a sospechar de los fundamentos morales del régimen, lo que constituía delito. La Stasi vigilaba precisamente las trayectorias que más necesitaban ser vigiladas: las suyas propias.
La construcción ideológica era además impecablemente coherente. Si el nazismo era un producto del capitalismo, y el capitalismo había sido extirpado en el Este, entonces, por definición, no podía haber nazis en la RDA. Cualquier evidencia en contrario era una calumnia revisionista, normalmente atribuida al BND, a la CIA o al imperialismo de Bonn. El relato se mantenía con una coartada metodológica: como los antiguos nazis habían adoptado el comunismo, ya no eran nazis. Su biografía anterior quedaba clausurada por el acto formal de adhesión al SED.
Un impagable 'know-how' represivo
A corto plazo, el reciclaje proporcionó al régimen una eficacia represiva inmediata. La RDA dispuso, desde el primer día, de un aparato funcional de policía política, judicatura penal, vigilancia universitaria y administración penitenciaria, mientras otros regímenes del bloque socialista improvisaban con cuadros escasos y a menudo incompetentes. La eficacia técnica de la Stasi, documentada hasta la náusea tras 1989, bebía en parte de esa herencia profesional gestapista.
A medio plazo, el sistema generó un país profundamente vigilado, con uno de los ratios policía por ciudadano más altos de la historia europea moderna, donde la delación doméstica, la sospecha generalizada y la atomización social fueron norma. La socialización autoritaria de tres generaciones de alemanes orientales no se construyó solamente con propaganda comunista. Se construyó sobre técnicas, estructuras y, en parte, personas formadas en el autoritarismo precedente.
Moralmente, la RDA no realizó nunca una Vergangenheitsbewältigung, una elaboración del pasado. Mientras la República Federal pasaba, con retrasos, hipocresías y momentos vergonzosos, por los procesos de Auschwitz de Fráncfort (1963 a 1965), el debate sobre los crímenes de la Wehrmacht, la Historikerstreit de los ochenta y un denso trabajo escolar e intelectual sobre el nazismo, la RDA delegó toda la culpa en el otro lado y dispensó a sus ciudadanos, incluidos los que habían sido nazis, de cualquier examen interior. El resultado fue una población a la que en 1989 se le había impedido sistemáticamente afrontar dos pasados: el del nazismo y el del propio régimen comunista.
La historia del reciclaje nazi en la RDA es incómoda porque desactiva varios consuelos historiográficos a la vez. Desactiva la idea de que los totalitarismos del siglo XX fueron compartimentos estancos. Desactiva la coartada según la cual el comunismo, al ser antifascista por definición, quedaba inmunizado contra continuidades fascistas. Desactiva la presunción, aún hoy presente en cierta izquierda nostálgica, de que la RDA fue un experimento moralmente superior a la República Federal porque proclamaba serlo. Y revela algo más profundo: que el aparato represivo moderno, policía política, judicatura excepcional, vigilancia masiva, campos de internamiento administrativo, delación organizada, constituye una caja de herramientas técnica que sobrevive a los regímenes que la inventan, transmisible de uno a otro mediante simples cambios de rótulo, juramento y bandera.
Quien posee los archivos manda en el pasado. Y durante cuarenta años, los archivos del NSDAP en la zona soviética sirvieron menos para juzgar a los nazis que para asegurarse su lealtad bajo otro nombre. El precio lo pagaron, dos veces, las víctimas: las del Tercer Reich, cuya memoria fue confiscada por una propaganda de Estado, y las del comunismo, encerradas por los mismos hombres que ya las habrían encerrado bajo Hitler.
Te puede interesar
Lo más visto
Comentarios
Normas ›Para comentar necesitas registrarte a El Independiente. El registro es gratuito y te permitirá comentar en los artículos de El Independiente y recibir por email el boletin diario con las noticias más detacadas.
Regístrate para comentar Ya me he registrado