Política

La campaña de Podemos: victimista, moderada en público y en clave de sucesión

Ha tenido dos fases diferenciadas, cuyo punto de inflexión fueron los debates, donde Iglesias emergió como un moderado

Pablo Iglesias, líder de Podemos, en Pamplona.

Pablo Iglesias, líder de Podemos, en Pamplona. EFE

Una campaña en dos fases. Podemos ha atravesado las últimas dos semanas con altibajos y con estrategias muy diferenciadas en función del momento y público al que se enfrentara. El pistoletazo de salida para las generales de este domingo coincidió con la investigación de la Audiencia Nacional al ex comisario jubilado José Manuel Villarejo por el presunto robo del teléfono móvil de la asesora de Pablo Iglesias en 2014, Dina Bousselham. El líder de Podemos decidió explotar esta circunstancia, se personó en la causa y articuló todo el discurso de su partido en torno a los poderes fácticos y «los que mandan sin tener escaños». Un discurso que se ha moderado en los últimos días, cuando Iglesias emergió con un perfil moderado en los debates del lunes y martes. Las buenas impresiones que causó entonces han reconvertido los últimos días, en los que ha tratado de virar la campaña «en positivo».

Las cloacas y el miedo. Podemos ha denunciado durante toda la campaña los «esfuerzos del IBEX 35» por que el partido no llegara al poder en 2016, pasando por alto que fueron ellos quieren rechazaron la investidura de un Gobierno socialista en solitario cuando acariciaban un sorpasso al PSOE.  La formación arrancó con denuncias y acusaciones. Los carteles de campaña y sus polémicos vídeos querían atraer los fantasmas de corrupción del Partido Popular, y la formación agitaba el miedo a la llegada de Vox. El mantra de las cloacas es una reminiscencia de la estrategia de «La Trama» de 2017, ideado por Juan Manuel del Olmo, por el que el partido paseó un autobús para denunciar la corrupción en las entrañas del Estado en todo el territorio nacional. Podemos también ha insistido en «la pata mediática de las cloacas», por la que los medios de comunicación estarían al servicio de los intereses de los «poderosos», en una estrategia de descrédito a la prensa iniciada también en 2017 a la que en esta campaña también se ha sumado Vox.

Perfil constitucional (obviando Cataluña). La Constitución ha sido un eje central de esta campaña, aunque muy cuestionado. Podemos presentó su programa electoral en formato constitucional, aunque en él no incluyó su apuesta por el referéndum de autodeterminación. El partido ha tratado de arrebatar a PP y Ciudadanos la etiqueta de «constitucionalistas» y ha tratado de derivar el conflicto catalán a problemas sociales que se han traducido en artículos incumplidos de la Carta Magna. Cataluña ha sido la gran olvidada por la formación morada, que ha matizado su referéndum y ha apostado por una «tercera posibilidad» en la hipotética consulta a los catalanes, en la que Podemos defendería un «nuevo encaje para Cataluña dentro del estado», sin concretar en qué se traduciría esta nueva fórmula.

Demostrar utilidad y amenazar con un Gobierno de Cs. Los primeros años de vida de Podemos fueron absolutamente infértiles en términos legislativos: ni una sola de sus propuestas de calado salieron adelante en el Congreso hasta el pasado junio. La moción de censura de Pedro Sánchez fue, sin lugar a dudas, la apuesta central de Iglesias, que medió con los partidos catalanes para obtener su voto a favor. El pacto presupuestario sellado entre el líder de Podemos y el presidente de Gobierno fue una bolsa de oxígeno para el partido morado, que exhibió su capacidad de influencia sobre el Ejecutivo.

Por entonces Iglesias no tuvo en cuenta la amenaza-finalmente cumplida- de que los presupuestos nunca salieran adelante y de que Sánchez utilizara su gestión de Gobierno como programa electoral. Podemos reconoció después que los socialistas les «tomaron el pelo» a la hora de llegar a estos acuerdos, pero ha intentado defender la tesis de que sin Podemos Sánchez no hubiera aprobado medidas como la subida del Salario Mínimo. Otra de las consignas de campaña es advertir de la posibilidad de que el PSOE pacte finalmente con Ciudadanos conformando lo que denominan un «gobierno de derechas». La formación defiende que son la condición de posibilidad para un un ejecutivo de izquierdas.

Ensayo de la sucesión de Irene Montero. Otra de las particularidades de esta campaña es la estrategia adoptada entre los dos principales líderes del partido, que son también pareja: Iglesias e Irene Montero no se han dejado ver juntos en campaña y sólo este viernes en el acto de cierre compartieron escenario en un acto. El argumento oficial es la conciliación, aunque esta estrategia busca también alejar la asociación mental de los electores por la que los dos máximos responsables de una organización comparten también el plano personal; más aún después de la polémica del chalet, por al que la pareja utilizó los mecanismos del partido y convocó una consulta obligatoria para reforzarse en el poder, con un resultado cuestionable en el que uno de cada tres votantes pedían su dimisión.

El resultado es que Montero ha tenido gran parte del protagonismo en esta campaña. En el partido consideran que es una forma para abrirle paso en la sucesión de Podemos. La propia dirigente ha dejado caer en varias ocasiones durante esta campaña que la próxima candidata a la Presidencia del Gobierno «será una mujer«. «Esto es un fin de una época», señaló en una entrevista televisiva esta semana en referencia a la imagen de todos los candidatos durante el debate de RTVE. Los barones de Podemos consideran que Montero está allanando el terreno para la sucesión a los mandos del partido: con sus viajes en solitario estaría buscando apoyos en los territorios; mientras que su separación de Iglesias de puertas para afuera iría encaminada a limitar las responsabilidades de una posible debacle electoral y que, si Iglesias se veía obligado a dimitir, no afectara a su número dos y madre de sus hijos. En esta campaña, Podemos ha prescindido de imaginario de su secretario general, y ha ocultado la imagen de Pablo Iglesias en los carteles de campaña. 

Moderación en la recta final. Los debates televisivos del lunes y el martes supusieron un espaldarazo para Pablo Iglesias, que recuperó la autoestima tras las buenas críticas que obtuvo en Atresmedia el martes. Si el lunes aburrió leyendo artículos completos de la Constitución, el líder de Podemos optó el segundo día en emerger como un moderado de orden y se llegó a permitir sermonear a Albert Rivera, que protagonizó interrupciones continuas y al que llegó a llamar «impertinente y maleducado». Pablo Iglesias ganó en las formas y se dio cuenta de sus ventajas a tres días de que acabara la campaña. Miércoles, jueves y viernes la estrategia de Podemos ha cambiado radicalmente.

El consejo vino de Pablo Gentili, su fichaje estrella adelantado por este medio como jefe de campaña. Los buenos resultados fueron evidentes y marcaron un antes y un después en la recta final de las elecciones: si Del Olmo había apostado por la denuncia y el miedo, Gentili llegaba para modular el discurso. «Quien se enfada, pierde», reconoció el asesor en una entrevista en El Confidencial. Una máxima de la que Iglesias tomó nota sólo en los últimos días de campaña, cuando trató de aparecer sonriente y moderado. Este mismo viernes llegó a admitir: «No se puede hacer sólo campaña en negativo, contra alguien», defendió, antes de pedir un voto «en positivo».

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