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75 escaños y cinco órdagos, el 12-J en Euskadi

Las elecciones autonómicas vascas pondrán a prueba decisiones estratégicas de los principales líderes políticos como Pablo Casado, Inés Arrimadas, Santiago Abascal y Pablo Iglesias para el País Vasco.

MIKEL SEGOVIA

Los candidatos han vuelto a repetir las máximas de manual en cualquier proceso electoral; “estas son especialmente importantes”, “nadie puede quedarse en casa”, “el tren sólo pasa una vez” o “el cambio está cerca”. Nada nuevo. Lo que este 12 de julio está en juego en las elecciones autonómicas vascas en realidad es lo mismo que en todas las convocatorias anteriores: 75 escaños. Y lo están en la misma proporción por cada uno de los territorios históricos: 25 parlamentarios por Álava, 25 por Vizcaya y 25 por Guipúzcoa. Serán ellos los que finalmente designen al lehendakari que deberá conformar gobierno hasta 2024.

Lo que sí hace singulares estos comicios es lo que no se vota, los cinco órdagos lanzados por líderes y partidos en las que son las primeras elecciones estivales y con mascarilla. Es evidente que los candidatos se disputan el peso de su representación en la Cámara vasca, pero quizá no son quienes más se juegan en estas elecciones. La toma de decisiones que precedió a la cita electoral –primero del 5-A y después aplazada al 12-J- y las adoptadas en plena campaña han elevado la balanza del riesgo para los principales líderes del PP, Podemos, PNV, Ciudadanos y Vox.

El ‘órdago popular’ de Génova

Es probablemente el más caro. El PP vasco se juega su representación, el PP de Pablo Casado la fuerza de su autoridad en Euskadi. El proceso de designación del candidato vino precedido de una fractura interna tras la designación de Casado como presidente del partido, allá por julio de 2018. Desde el primer momento, la nueva Génova impuso candidatos en las listas y presionó para activar un evidente proceso de renovación con el que frenar la pérdida de votos que arrastraban los populares. El pulso culminó año y medio después, en febrero de este año, con la dimisión de Alfonso Alonso y la imposición de una coalición con Ciudadanos que el ya expresidente aseguró que no compartía.

El ‘órdago’ de Casado para el 12-J se completó con la elección de Carlos Iturgaiz como candidato a lehendakari. Recuperar a quien ya fuera presidente del PP en el País Vasco (1996-2004), apartado de la política vasca desde hace 15 años y defensor de un modelo de partido en sintonía con la derecha más tradicional y alejada del PP vasco que Alonso venía reivindicando, es una apuesta de riesgo. Casado lo sabe y por ello se ha volcado con su candidato en esta campaña, con hasta siete viajes a Euskadi en apenas dos semanas para arropar a Iturgaiz. Las encuestas ya apuntaban hacia una caída importante de la representación del PP en el parlamento de Vitoria antes de la llegada de Iturgaiz. Su designación no la ha modulado pero sí corre el riesgo de aumentarla. Hoy el PP cuenta con 9 asientos y la mejor de las encuestas apunta a la pérdida de peso hasta los 7 diputados. Ese sería el mejor de los escenarios.

El resultado de las urnas de este domingo resolverán no sólo la dimensión del grupo parlamentario que compartirán con Ciudadanos, sino también si en el proceso interior posterior que se abrirá para renovar la dirección del PP en Euskadi será pacífico o convulso. La dirección nacional quiere cerrar la renovación proclamando a Iturgaiz presidente del PP vasco. La duda es si el sector ‘alonsista’ se limitará a arrojar la toalla o le disputará a Iturgaiz el liderazgo de la formación. La posibilidad de que la actual presidenta interina, Amaya Fernández, pueda optar a la presidencia no está descartado. El desenlace del próximo episodio dependerá, en gran medida, del dictamen de las urnas de este 12-J.

El ‘órdago’ de Iglesias al PNV

El viraje morado es arriesgado. No es de matiz, sino de calado. A pocas semanas de las elecciones la estrategia de la entonces dirección de Elkarrekin Podemos, que había logrado entenderse con el PNV y apretar la mano para aprobar sus presupuestos y dibujar un horizonte de sintonía con los nacionalistas, -a imagen y semejanza del Congreso de los Diputados-, se cayó como un castillo de naipes.

El proceso interno para designar candidata lo precipitó. Lo hizo con el aval de Pablo Iglesias, cuya candidata, Miren Gorrotxategi, se impuso. Desde el primer momento, la candidata de Iglesias dejó claro que el PNV pasaba de ser aliado a convertirse en adversario, en el enemigo político a batir en pos de un gobierno de izquierdas con Bildu y el PSE.

El cambio de estrategia se ha mantenido contra sondeos y negativas. Ni la frialdad de la izquierda abertzale a la propuesta, ni el no explícito del PSE a un Gobierno de izquierdas para desbancar a Urkullu -y su más que probable reedición de coalición con el PSE- han hecho cambiar de guion a Elkarrekin Podemos. Y así lo ha repetido en las dos visitas a Euskadi que ha protagonizado el propio Iglesias. En sus proclamas en favor de hacer “posible lo imposible”, el gobierno a tres con Bildu y el PSE, se ha cuidado de subrayar que respeta a Urkullu, “es un hombre inteligente” y de descalificar al PNV, de cuyo apoyo depende en Madrid, pero al que ha recomendado que “pase a la oposición” tras cuatro décadas de poder.

Las encuestas no han constatado que el cambio de estrategia funcione entre el electorado. Los once asientos que Elkarrekin Podemos tiene ahora podrían caer hasta los 8. El domingo, las 2.678 mesas electorales resolverán el órdago morado de Iglesias al PNV.

El ‘órdago foral’ de Ciudadanos

La imagen fue inédita, el presidente del PP entrando junto a la presidenta de Ciudadanos, Inés Arrimadas, a la Casa de Juntas de Gernika para proclamar la ‘foralidad’ de su candidatura. Lo hizo al son de ‘Ikusi mendizaleak’, canción popular que proclama la belleza de la montaña vasca “…nosotros somos euskaldunes de Euskal Herria” y cerrando el acto con el Gernikako Arbola “…árbol sagrado, muy querido entre los vascos”. Sólo semanas atrás nadie lo hubiera imaginado, pero la exigencia del PP vasco de no descuidar el respeto a la foralidad y a herramientas como el Concierto Económico fueron las líneas rojas para dar forma a la coalición.

Arrimadas no es Rivera y el paso en la defensa de un ‘foralismo constitucional’ supone un evidente viraje en la actitud hacia el símbolo del autogobierno vasco. Si bien no llegó a defender expresamente el Concierto Económico, hace tiempo que enterró la idea del ‘cuponazo’ que su antecesor tanto esgrimió. Arrimadas ha apostado por vincularse al PP y su concepción foral del autogobierno vasco avalado por la Constitución, como anclaje a España, y el Estatuto de Gernika, como raíz a la tierra vasca. Ha sido esta una premisa necesaria en Euskadi no sólo para acordar con los populares vascos sino para ganarse la aceptación de los votantes.

Ciudadanos será, con toda probabilidad, nueva formación del Parlamento Vasco. Hasta ahora lo había intentado sin éxito y su escaso apoyo había ido menguando desde los 50.000 hasta los 13.000 votos. Ahora, al calor del PP, Arrimadas logrará, salvo debacle, al menos un representante en la Cámara vasca. Está por ver el impacto que tras el cambio de discurso tenga en el resto del país y si el ‘órdago naranja’ reporta más beneficios que daños.

El ‘órdago al virus’ del PNV

El adelanto electoral inicial de Urkullu se lo engulló el virus. Las elecciones de 5 de abril se dejaron en suspenso. En plena pandemia, el lehendakari tuvo que decidir si hacer caso a sus expertos, que le aconsejaban el mes de julio como el de menor riesgo de rebrotes, o escuchar a la oposición que le tildaba de irresponsable y llamaba a aplazar a otoño los comicios. El candidato del PNV se decantó por escuchar a los suyos y convocar a 1,8 millones de vascos a las urnas en pleno verano y con el Covid-19 deambulando aún por pueblos y ciudades.

Inicialmente los mensajes de que todo está controlado fueron la receta para calmar a quienes vislumbraban como muy arriesgado convocar a votar en el actual contexto. El Gobierno y el PNV han subrayado que se dan las condiciones, pero la credibilidad del mensaje se ha resentido a medida que los brotes se han ido repitiendo. A mediados de junio los brotes de los Hospitales de Basurto y Txagorritxu fueron la primera voz de alarma tras el desconfinamiento. Después vinieron los casos de Orio y más recientemente el de Ordizia, que se acerca ya al centenar de infectados.

En los últimos días, en víspera de la cita con las urnas, todo se ha complicado. La peor pesadilla de los responsables del Ejecutivo ha ido tomando forma al extenderse la percepción social de que el Covid-19 ha vuelto a irrumpir con fuerza y que el riesgo es ahora mayor que el mes pasado. Un dato no lo niega: el Gobierno vasco ha prohibido a 200 ciudadanos votar por estar aislados por Covid-19. Y otro, lo refuerza: el número reproductivo básico es hoy en el País Vasco de 1,86, equiparable a los meses de marzo y abril. La posibilidad de que se imponga la obligación de la mascarilla no parece ya descabellada.

En los últimos actos de campaña el mensaje del PNV y de Urkullu, su candidato, se ha enfocado más a vencer el miedo y la amenaza de la abstención por temor al coronavirus. La llamada a la participación y la insistencia en que todo es seguro se ha repetido insistentemente. Los sondeos no auguran un descenso de votación, que sitúan en torno al 61%, similar al de 2016, pero tampoco lo hacían en los comicios franceses y miles de franceses optaron por quedarse en casa. El órdago jeltzale será el primero en resolverse al menos parcialmente. Su incidencia o no en la abstención se conocerá con los datos por franjas horarias a lo largo del domingo. Pero serán los datos de contagiados de las dos próximas semanas las que realmente revelarán si Urkullu acertó convocando las elecciones el 12 de julio o fue un riesgo innecesario.

El ‘órdago alavés’ de Abascal

La presencia intensa de Vox ha sido uno de los elementos que más ha alterado la campaña. En realidad lo han hecho otros por él. Los graves incidentes que sectores afines al movimiento antifascista han protagonizado en muchos de sus actos, los importantes despliegues de protección policial de la Ertzaintza con los que han tenido que hacer campaña o las llamadas del resto de partidos a parar y frenar la probabilidad de que obtengan un escaño por Alava, han sido una constante.

En el último tramo de la campaña la formación de Abascal y Ortega Smith ha reforzado su presencia en Euskadi. La primera ‘gira’ de actos electorales la protagonizó Abascal, con mítines diarios en distintas localidades, y la segunda la ha liderado su secretario general junto a otros cargos del partido. En ellos, la escena se ha repetido; insultos, gritos, contenedores quemados y lanzamiento de objetos contra los asistentes de Vox y proclamas contra el PNV, la izquierda abertzale y los “traidores” del PSE y Podemos desde las tribunas de la formación de extrema derecha.

Los últimos sondeos apuntaban a la posibilidad de que los de Abascal puedan rozar la entrada al Parlamento vasco por Álava. La formación concurre en realidad sin un programa detallado para Euskadi y con apenas un decálogo somero de su propuestas para el País Vasco. La apuesta del partido por hacerse notar en campaña, pese al acoso, ha llevado al resto de partidos, en especial en Alava a llamar a la participación para evitar que Vox se convierta en la séptima formación del próximo parlamento vasco.

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