El antaño todopoderoso PSOE de Andalucía, la federación que funcionó durante años como una maquinaria perfecta y que le permitió gobernar la comunidad durante 37 años, no encuentra fondo. Pedro Sánchez, porque así se lo pidió la dirigencia andaluza, destinó a la que era su mano derecha, su persona de máxima confianza, María Jesús Montero, a levantar al partido, a intentar que superara la marca de 2022, los 30 escaños de su antecesor en la candidatura, Juan Espadas. Pero ella no pudo. No lo consiguió. Tal y como se esperaba. La exvicepresidenta del Gobierno, exministra de Hacienda y todavía número dos de todo el PSOE, perforó este 17 de mayo ese suelo histórico: perdió dos asientos más en la Cámara andaluza, hasta los 28. El batacazo era inequívoco, rotundísimo e indiscutible, pero algunos sondeos pronosticaban un hundimiento aún mayor, y en todo caso para los socialistas quedaba amortiguado por la noticia de la noche: la pérdida de la mayoría absoluta de Juanma Moreno, un golpe duro para el presidente de la Junta y para el PP y que sirve munición a Sánchez y a Ferraz. "No son buenos resultados, tomamos nota", expresó la candidata, reconociendo la decepción con el mensaje dado por las urnas.
Con más del 96% del voto escrutado, el PSOE consigue menos del 23% de los sufragios (algo más de 917.000) y 28 escaños, con una participación de cerca del 65%. Hace cuatro años, fueron 888.325 papeletas, el 24,10% y 30 diputados, con una participación casi nueve puntos más baja, del 56,13%. Y esos datos ya eran un desastre como resultado, porque los socialistas habían sido la fuerza hegemónica en Andalucía durante décadas. En las primeras elecciones autonómicas, las de 1982, había logrado el 52,54% y la friolera de 66 parlamentarios. De aquel partido que lo fue todo hoy queda muy poco, pero no se espera una reflexión en profundidad porque ya se mira, y de hecho así lo verbalizó Montero, a la etapa siguiente, las municipales y generales de 2027. Este domingo, sí se registró una subida de la izquierda, pero de la izquierda de Adelante Andalucía, que cuadruplicó sus escaños, al saltar de dos a ocho, mientras que Por Andalucía, la coalición de IU, Sumar y Podemos, totalizó cinco parlamentarios, los mismos que tenía. El PP de Moreno perdió cinco escaños, al bajar de 58 a 53 representantes. La mayoría absoluta se le escurrió. Ahora dependerá de Vox, que pasa de 14 a 15 parlamentarios.
El PSOE se deja en estos comicios dos asientos: uno por Huelva y otro por Granada, en ambos casos bajando de cuatro a tres diputados. Los socialistas aguantan como segunda fuerza en todas las provincias, salvo en Almería, donde les supera, en número de votos, Vox (23,15% frente a 21,54%). En Jaén, feudo clásico del PSOE —allí controla la Diputación provincial y gobierna la capital—, Montero consiguió la cuarta acta por los pelos, en estrechísima disputa con la ultraderecha, que se queda a solo 224 sufragios. Por capitales, el PSOE es segundo en todas, menos en Cádiz, donde le aventaja Adelante, algo que no sorprende tanto porque allí gobernó durante dos legislaturas José María González, Kichi, pareja de Teresa Rodríguez, fundadora del partido, escisión anticapitalista de Podemos.
En conjunto, las derechas pierden cuatro diputados (el PP cede cinco, pero Vox gana uno), los que ganan las izquierdas, pero gracias al empuje de Adelante (de dos a ocho actas), porque Por Andalucía se queda como estaba, con sus cinco representantes.
"No son unos buenos resultados", asumió Montero al filo de las 23.30 horas, arropada por su equipo y consciente del duro golpe que tenía que encajar. "Tomamos nota de lo que los andaluces han expresado, analizaremos con detalle y como siempre. Este es un partido que aprende", aseguró, en una reflexión que era lo más parecido a una autocrítica. "Los ciudadanos nos colocan en la oposición y desde ahí vamos a ejercer" contra el "Gobierno de las derechas", dando por hecho el pacto, que desde luego no será fácil de alumbrar, entre PP y Vox. Montero no aclaró expresamente su futuro, pero sí que indicó que el eje del trabajo del PSOE frente a Moreno será la defensa de los servicios públicos, como ha ocurrido durante la campaña. Ahora el PSOE analizará "con detalle todos los indicadores y todo lo que se desprende del voto" de los andaluces, para volver a gobernar en Andalucía. "Siempre aspiramos a ganar y trabajaremos para hacerlo en las autonómicas y en las siguientes convocatorias electorales", aseguró, poniendo la mirada ya en los siguientes comicios, que es lo que desea Ferraz.
Una campaña deficiente
Ya en la última semana, en los últimos días, el PSOE barruntaba el desastre. Era plenamente consciente de que la campaña no había fluido, que no tiraba, que el objetivo que se había marcado de movilización máxima no estaba funcionando. Los socialistas necesitaban aproximar la participación de su electorado a la de las generales y constantemente señalaban una cifra, los 1.467.501 votos que cosechó Pedro Sánchez en las generales de julio de 2023, 579.176 más que los recabados por Juan Espadas en las andaluzas de junio de 2022. Por eso aseguraban que todo lo que supusiera estirar la participación y llevarla al entorno del 65% —en las legislativas fue del 66,61%, por el 56,13% de las autonómicas de hace cuatro años— podría dar esperanza. Un respiro. Soñar. No fue así. La participación, del 64,81%, fue casi igual a la de las generales.
A finales de 2024, el PSOE-A seguía perdido. Muchos de sus primeros espadas reclamaron a Sánchez que enviara a la lucha contra Moreno a su vicepresidenta primera y titular de Hacienda, porque ella era la única vía para evitar unas primarias entre el propio Espadas, a quien buena parte de sus compañeros ya repudiaban, y otro posible candidato como el diputado jiennense Juanfran Serrano. El presidente accedió, ella obedeció, pese a que no se veía regresando a su tierra. Y con su vicepresidenta el líder socialista coronó el controvertido experimento de lanzar ministros como aspirantes en sus territorios, que salió mal con Pilar Alegría en Aragón el 8 de febrero y que funcionó aún peor este 17-M en Andalucía.
Montero cohesionó primero un partido muy lastimado tras años fuera de la Junta, pero quiso apurar su presencia en el Gobierno: solo lo abandonó cuando Moreno convocó las urnas, una decisión que creen en el PSOE-A que ha acabado pesando como una losa, porque apenas ha tenido tiempo para recorrer una comunidad muy grande en extensión y muy poblada. La exvicepresidenta diseñó con su equipo una campaña clásica, muy lineal, centrada en la defensa de los servicios públicos y, especialmente, de la sanidad, utilizando como enganche la crisis de los cribados del cáncer de mama, la que más ha desgastado al presidente andaluz en su mandato. No introdujo puntos de inflexión, ni giros sorpresivos. La estrategia era buscar la identificación total con Sánchez —ella no deja de ser la prolongación de su jefe— y mostrar el músculo del partido, el que antaño le permitía arrasar en un territorio que gobernó durante 37 años.
La candidata se rodeó del presidente —seis veces se desplazó, entre precampaña y campaña—, de José Luis Rodríguez Zapatero, de los ministros, de los miembros de la cúpula federal, de los expresidentes andaluces Manuel Chaves, José Antonio Griñán y Susana Díaz. La imagen era consistente y buscada: todo el PSOE, el de ayer y el de hoy, con ella. Montero pudo salvar los dos debates en televisión, aunque en ambos quien descolló por la izquierda fue el cabeza de cartel de Adelante, José Ignacio García, y en el último recogió unas palabras de siniestralidad en el tajo de Antonio Maíllo, el uno de Por Andalucía, con lo que acabó definiendo la tragedia en Huelva —el fallecimiento de dos guardias civiles que perseguían una narcolancha— como un "accidente laboral". El traspié fue aprovechado por la derecha y ella tuvo que recular, aclarar que por supuesto que creía que los agentes habían muerto en acto de servicio. No le ayudó tampoco la falta de reflejos del Gobierno, que no envió a ningún ministro al funeral en la capital onubense.
Los socialistas acabaron la campaña con el alma en un puño. Sabían que las cosas no habían ido bien, pero se aferraban a la posibilidad de un repunte en la participación —que sí se cumplió— y al voto oculto —que no ocurrió—. Y, conscientes de que el umbral de los 30 escaños quedaba lejos, se centraron en apuntar la hipótesis de que Moreno perdiera la absoluta, pues depender de Vox le desnudaría y pertrecharía de argumentos a Sánchez de cara a las siguientes convocatorias. Eso sí lo lograron.
Cerradas las urnas, contados los votos, Andalucía claramente ha dado la espalda al PSOE y a su candidata. No es sorpresa para nadie, por eso, salvo que salten las costuras en los próximos días, tanto la cúpula andaluza como Ferraz han preparado el camino para que todo siga igual. Previsiblemente, no se desmadejará la federación ahora mismo, porque por delante quedan las municipales y las generales, y el partido necesita que la maquinaria andaluza esté ordenada, y Sánchez quiere pasar página cuanto antes. Su cúpula ya fijó el comité federal para el 27 de junio, para aprobar entonces el calendario para la celebración de las primarias que elijan a los candidatos para las autonómicas y locales de 2027. El mensaje es diáfano: a otra cosa. Se cierra un ciclo electoral y se abre otro y, para Ferraz y la Moncloa, el desastre de los cuatro comicios anteriores —con la salvedad de Castilla y León— no presupone nada de lo que pueda ocurrir a partir de ahora.
(Noticia en ampliación)
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