Cuando un partido pide elecciones ya y, al mismo tiempo, denuncia un posible pucherazo, algo chirría. Como mínimo, suena contradictorio. Pero eso no es lo más grave. Lo peor es que el partido que puede ganar las próximas elecciones, el PP, se esté apuntando a la sospecha agitada por Vox de que Sánchez quiere alterar el resultado de las próximas elecciones.
Nunca, hasta ahora, en España se había cuestionado abierta y masivamente la limpieza de los comicios, porque el sistema electoral funciona razonablemente bien y los partidos políticos son parte esencial de esa garantía, que supone, nada más y nada menos, que se respetará la voluntad de los ciudadanos.
Manuel García Castellón ha escrito esta semana en El Independiente un brillante artículo sobre el debate en torno a las nacionalizaciones derivadas de la ley de Memoria Democrática, aprobada en 2022. El PP votó en contra de esa ley, pero no porque incluya el reconocimiento del derecho a la nacionalidad de los hijos o nietos de los que tuvieron que marcharse de España por la guerra o por la dictadura, sino porque, según argumentó en su día, "esa ley atenta contra el espíritu de la Transición". Es, en opinión del principal partido de la oposición, una ley de memoria parcial, partidista, para cuyo aprobación tuvo que hacer concesiones a Bildu, partido heredero de ETA.
Las pegas que se pueden poner a la aplicación de ese aspecto de la ley es que el gobierno, en su tradicional modo chapucero, no hubiera previsto la afluencia masiva a los consulados para solicitar la nacionalidad española, lo que ha obligado a externalizar ese servicio. También se puede discutir si es apropiado que los que se acogen a la ley y no conocen el lugar de procedencia de sus ascendientes se les asigne, por defecto, la circunscripción de Madrid para contabilizar su voto.
Incluso, como plantea García Castellón, se puede cuestionar que tengan derecho a voto los que nunca han vivido ni piensan vivir en España y, por tanto, nunca hayan pagado impuestos aquí. Es discutible desligar la nacionalidad del derecho al voto de los no residentes, pero hay algunos países democráticos que así lo establecen.
Lo sorprendente es que el PP haya cuestionado la norma definiéndola como una "ingeniería social" para "fabricar votantes". Esto lo dijo Núñez Feijóo en una entrevista a rebufo de otras declaraciones de Santiago Abascal en la que abiertamente acusó a Pedro Sánchez de querer "robar las elecciones" con la llamada 'ley de nietos'. Cuestionar el sistema electoral, hablar de "pucherazo", algo que nos retrotrae a la España caciquil, son palabras mayores.
La mayoría de los 2,5 millones de personas que han solicitado la nacionalidad española -la inmensa mayoría residente en países latinoamericanos- no lo hace para poder votar, sino para tener el pasaporte español, como apunta Ignacio Varela en El Confidencial. Con el pasaporte español se accede a los beneficios de ser ciudadano de la UE, se puede viajar sin visado a 190 países y se tiene derecho a la protección de las embajadas y consulados. Ese es, sin duda, el mayor aliciente para solicitar la nacionalidad.
Nada indica que los que se acojan a la llamada 'ley de nietos' vayan a votar mayoritariamente al PSOE. Si el PP tiene pruebas de manipulación, lo que debería hacer es denunciarlas en un juzgado
Para ir al fondo de la cuestión del pucherazo, no está claro que el voto de los españoles acogidos a la llamada 'ley de nietos' haya supuesto o pueda suponer una alteración sustancial del resultado en unas elecciones generales. Entre otras cosas, porque representa un porcentaje pequeño, que supera ligeramente el 10%, de los votos englobados en el CERA (Censo de Españoles Residentes Ausentes). En las últimas elecciones, de un total de 2,3 millones incluidos en el CERA, poco más de 233.000 se corresponden con personas que solicitaron la nacionalidad en virtud de la ley de Memoria Democrática de 2022. Si se mantuviera el mismo porcentaje, y teniendo en cuenta que, a todo correr, el número de solicitudes satisfechas rondarían las 700.000 en 2027, estaríamos hablando de poco más de 300.000 votantes sobre un censo total de más de 38 millones.
El partido al que más votaron esos recién nacionalizados en las elecciones de 2023 fue al PP (33%), seguido del PSOE (29%), lo que supone un porcentaje muy parecido al del resultado electoral en su conjunto: PP (33,06); PSOE (31,68).
Entonces, ¿a qué viene esa alarma que ha despertado la preocupación de muchos ciudadanos que ahora piensan que en las próximas elecciones puede haber un pucherazo?
En Vox esa campaña no me extraña, en la medida en la que el partido de Abascal tiene en sus genes un ramalazo antisistema que le hace cuestionar cualquier cosa que venga del Gobierno. Pero me sorprende en el PP, partido que, según todos los sondeos serios, ganaría las próximas elecciones.
La estrategia de Feijóo tendría que depender menos de lo que diga o haga Vox, lo que entiendo que es difícil cuando gobierna con dicho partido en Valencia, Extremadura, Castilla-León y ahora también en Andalucía. Pero, aun así, el PP tiene una responsabilidad como partido de Estado, que le obliga a no cuestionar la esencia de la democracia, a no ser que tenga datos fehacientes y no sólo sospechas de que un hecho tan grave puede llegar a producirse.
Habiendo, como hay ahora, motivos más que suficientes como para atacar al Gobierno, apuntarse a las sospechas sobre la limpieza de las elecciones no sólo refuerza a Vox como el partido que lleva la delantera en las denuncias, sino que le da un balón de oxígeno al Gobierno, que ha aprovechado descaradamente durante unos días.
La metedura de pata, que reconocen en privado algunos líderes populares, no tendría la mayor importancia si no fuera la constatación de un síntoma. La marea de la corrupción seguirá subiendo y, cuando pasen unos días, nadie se acordará de la teoría del pucherazo. Lo que me preocupa es que Feijóo no tenga claro cuáles deben ser sus prioridades. Una de ellas debe ser distinguirse lo más posible de Vox, para que cuando los ciudadanos vayan a las urnas sepan qué diferencia a los dos partidos de la derecha. En la confusión, en el seguidismo, siempre ganará Abascal. Y, no lo duden, Sánchez, porque le dará razones para insistir en que PP y Vox son lo mismo.
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