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10-N: el bipartidismo se reivindica

Política

10-N: el bipartidismo se reivindica

No faltan en Moncloa y en Génova los que creen, y temen, que tras el 10-N PSOE y PP deberán unir esfuerzos para desbloquear la situación política

El próximo 10-N los españoles serán convocados a las cuartas elecciones generales en cuatro años, hecho sin parangón en el resto de los países de nuestro entorno. Se trate o no de un guion escrito desde Moncloa la misma noche en que leyeron las entrañas del 28-A, lo cierto es que noviembre podría marcar el inicio de una tímida reconstrucción del bipartidismo, que nunca volverá a ser lo que fue, pero aspira a algo que se le parezca más.

Si se cumplen los pronósticos, el líder socialista recuperará terreno, pero no solo. Porque en la otra orilla aguarda un PP deseoso de la remontada, con el convencimiento de la imposibilidad, dicen, «de caer por debajo de los 66 escaños». Pedro Sánchez se ha regalado tiempo y una gobernancia en funciones hasta, al menos, enero o febrero del año que viene. Pablo Casado dejar de ser el líder que cosechó el peor resultado de la historia de las refundadas siglas populares en uno de los peores momentos para su partido.

Escenario postelectoral: una partida a dos entre PSOE y PP

No faltan en Moncloa y en Génova los que creen que tras el 10 de noviembre «esta es una partida que se juega entre dos», que PSOE y PP deberán unir esfuerzos para desbloquear la situación política con que evitar una tercera convocatoria. A estas alturas se antoja imposible otra fórmula salvo que PP, Ciudadanos, con el apoyo externo de Vox, sumaran una mayoría suficiente para un gobierno de coalición. Y es que nada está escrito y menos cuando median unas elecciones.

«¿En qué momento se jodió el Perú?», se preguntó el nobel Vargas Llosa en Conversación en La Catedral. La expresión ha trascendido su obra y sirve para explicar esos momentos de inflexión en que la historia toma unos derroteros inexplicables. No sería aventurado decir que fue en 2016, cuando el Pedro Sánchez de la «primera era» no consiguió que Unidas Podemos diera el plácet a su pacto con Ciudadanos. El ahora inquilino de la Moncloa, irredento, vio revivir aquella frustración los pasados días 22, 23 y 24 de julio, en la sesión de investidura, tras el espectáculo dantesco de unas negociaciones fallidas en las que se tiraban ministerios a la cabeza como quien juega con petardos.

Y confirmó el que era su principal deseo, volver a las urnas para intentar hundir a Podemos, resituarla en las mismas costuras que Izquierda Unida, que en el mejor de los casos sacó 21 escaños. Por eso Sánchez arrastró los pies en una errabunda negociación con la confianza de que los votos caerían como maná igual que en la moción de censura contra Mariano Rajoy y a cambio de nada. Pero si eso no salía bien, estaba el «plan b», o el «a», según se mire.

La política es el arte de lo que no se ve», es la filosofía de Redondo

Que julio marca un punto de no retorno lo demuestra la ausencia de negociación entre ambas formaciones políticas durante todo el mes de agosto y buena parte de septiembre. Y si nos atenemos a la filosofía del todopoderoso director de Gabinete de Sánchez, Iván Redondo, respecto a que «la política es el arte de lo que no se ve. Hay que priorizar para que luego la ejecución funcione. Estrategia más que táctica», ese tiempo se dedicó más a crear el artificio argumental -ahora se llama «relato»- de por qué fracasó la negociación que a la misma negociación.

«Pararle los pies»

Pero ojo, algunos de los dirigentes y ex dirigentes del PP con los que Redondo trabajó -el vasco Antonio Basagoiti, el catalán Xavier García Albiol por recomendación de Alicia Sánchez Camacho o el extremeño José Antonio Monago- señalan que «llega un momento en que es demasiado aventurado, temerario, y la política es material sensible». Sin embargo, hay que reconocerle que a uno le hizo alcalde de Badalona (Barcelona) y a otro presidente de Extremadura.

No obstante ir a unas cuartas elecciones legislativas en cuatro años no deja de ser un ejercicio de riesgo. Muy seguro tiene que estar el «spin doctor, culto, rápido y sensible», según la definición que de Redondo hizo Pablo Iglesias cuando lo entrevistó en su programa «Otra vuelta de tuerka» en 2016, demostrando una gran complicidad.

Los expertos demoscópicos alertan del riesgo de una gran abstención el 10-N; de un electorado de izquierdas frustrado, de un voto joven reticente y del discurso «que viene la ultraderecha» cotizando a la baja, aunque espectáculos como el ofrecido el pasado jueves por Vox, boicoteando en Madrid el minuto de silencio por el asesinato de una mujer en presencia de sus hijos, es el mejor regalo que se le puede hacer al PSOE.

De hecho, ha sido el acto más reseñable de Vox desde que España sabe que vuelve a las urnas o, al menos, el único que ha merecido cierta atención mediática con un Santiago Abascal desdibujado que necesita su reunión en Vistalagre del 6 de octubre para volver a primera línea. Casado no tiene mucha intención de hablar en esta campaña de Vox «pero sí a sus votantes» de donde cree poder ampliar más su base electoral, explican en Génova, cuya oferta de «España Suma» está circunscrita a Ciudadanos.

La participación electoral más baja en generales fue en 2016

La participación electoral más baja fue precisamente la de las elecciones de la repetición, esto es, junio de 2016. Sólo el 66,48 por ciento de los votantes acudió a su colegio electoral, frente a una media de participación en España que llega casi al 74 por ciento. Tradicionalmente la abstención ha perjudicado a las formaciones de izquierda, pero todos los sondeos apuntan a que Sánchez puede mejorar sus 123 escaños así como el PP.

¿Y qué pasa con Podemos y con Ciudadanos? Comienza a extenderse la sensación de que o Sánchez se aplica más en su atribución de responsabilidades a Podemos por el actual fracaso político o Pablo Iglesias no se da el bofetón electoral que Moncloa espera. Por eso Sánchez y los suyos abrazan la posible vuelta del hijo pródigo, Íñigo Errejón, al Congreso de los Diputados en el convencimiento de que sólo muerde base electoral a Podemos, sin advertir que el anterior líder «morado» es como esos medicamentos de amplio espectro y puede seducir a votantes socialistas.

Del sondeo DYM para El Independiente-Prensa Ibérica, se colegía que los votantes de Unidas Podemos respaldan mayoritariamente la estrategia de Iglesias y, por lo tanto, mantenía una altísima fidelidad de voto.

Malos vaticinios para Rivera

Las cosas pintan peor para Albert Rivera, al que siempre han mimado los sondeos. Los cierto es que basta que Ciudadanos, -que tiene el electorado más indeciso y «por tanto con el voto menos cautivo y eso es bueno», aducen los naranjas- baje poco más de un punto en porcentaje de voto para que se produzca una sangría de escaños, hasta perder 22 de los actuales 57. Volvería así a los valores de 2016, mucho más debilitado internamente y con un liderazgo en el alambre por mucho que la mayor parte de sus críticos cogieran en pocos meses la puerta de salida por su negativa a sondear pactos con los socialistas. Además, su inopinado giro de última hora, apostando por una abstención que se antojaba imposible, ha sido flor de un día.

En definitiva, un panorama endiablado salvo que los electores «voten más claro» tal y como ha reclamado el presidente del Gobierno en funciones en su reparto indiscriminado de responsabilidades sin asomo de autocrítica. Habrá que ver qué hacen las dos grandes fuerzas políticas del país y, si no, siempre queda volver a votar en 2020.

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