«Se confirma el primer caso de coronavirus en España. Un alemán da positivo en La Gomera. El turista infectado fue aislado el miércoles junto a otras cuatro personas tras conocerse que habían estado en contacto en Alemania con un diagnosticado por la infección». Así contaba El Independiente el pasado 31 de enero el primer positivo por Covid-19 en nuestro país, el nuevo virus transmitido de animales a humanos con origen en Wuhan (China).

Tan sólo unas horas antes, comparecía en rueda de prensa una de las caras con las que los ciudadanos más se han familiarizado desde comenzase la crisis. La del coordinador de Emergencias de Sanidad, Fernando Simón, explicaba que «España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado», a lo sumo y, de haberlo, serían «casos aislados», una transmisión «muy limitada y muy controlada».

Fernando Simón, el 31 de enero: «España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso» | EUROPA PRESS

Aquel caso de La Gomera fue sólo el preludio de la lucha sin cuartel que España mantiene contra un enemigo invisible que, de acuerdo con el último balance oficial, ya se ha cobrado la vida de casi 5.000 personas y ha contagiado a más de 64.000. Aunque se confirmó casi un mes después, el primer fallecido por coronavirus se produjo el 13 de febrero. Entonces, las primeras muertes por el virus chino, tanto en España como en otros países europeos, se notificaban e identificaban caso por caso. Hoy se cuentan por miles.

El inexorable avance del virus ha impuesto una realidad hasta ahora desconocida en la realidad de millones de personas; ha desbordado hospitales, residencias y funerarias, con el personal sanitario al borde del colapso; ha dejado a la economía nacional y mundial en un punto casi crítico; y ha arrasado con todos los alegatos políticos prestablecidos que no supieron prever a tiempo el alcance del problema.

En el transcurso de algo más de cuatro semanas, la evolución del discurso del Gobierno es, cuanto menos, significativa. El llamamiento a la calma por el «riesgo muy bajo» de que el Covid-19 golpease al país como lo está haciendo pronto se tornó, sobre todo a partir de la segunda semana de marzo, en «la peor crisis de nuestra generación». Y el virus arrasó también a la hemeroteca.

«Una gripe menos agresiva que la de todos los años»

Para la última semana de febrero, el país sólo había sumado dos casos de coronavirus, si bien comenzaba a gestarse una lucha sin cuartel en el que debió ser el espejo de España: Italia combatía ya el peor brote fuera de Asia desde el inicio de la crisis y los españoles miraban de reojo cómo el Gobierno italiano se veía obligado a decretar medidas que hasta entonces parecían lejanas ante la cascada de contagios: cierre de ciudades, cancelación de eventos o suspensión de clases.

«En España ni hay virus ni se está transmitiendo la enfermedad», defendía Simón el pasado 23 de febrero, ya que el número de países con posibilidad de transmisión «es muy restringido» y «sería un poco fuerte hablar ahora mismo de pandemia». Dos días después, llegaba el tercer positivo, el de un turista italiano en un hotel de Tenerife, que obligó a confinar a casi mil personas. Ya entonces el Ministerio de Sanidad comenzó a recomendar a los españoles no viajar a zonas de riesgo, entonces China, Corea o Irán, si bien en una entrevista para TVE, el experto en alertas sanitarias advirtió el 26 de febrero de la «preocupación excesiva» por una enfermedad sin una «gravedad excepcional» que no tiene «que preocupar a la población». Ese mismo día se confirmó el primer contagio autóctono, el de un sevillano de 62 años que no había viajado a ninguna zona de riesgo.

La última semana de febrero, punto exacto en que el Ministerio de Sanidad fija ahora un «contagio importante» de coronavirus en Madrid -foco de la pandemia en España- también se infravaloró el alcance del virus por otros miembros del Gobierno de coalición. Muy polémico fue de hecho un comentario del portavoz de Unidas Podemos en el Congreso, Pablo Echenique, que censuró el alarmismo «de la extrema derecha» y de «reporteros con mascarilla» por «una gripe menos agresiva que la de todos los años». «En las portadas y tertulias, el coronavirus corre desbocado y es una peligrosísima pandemia que causa pavor», escribía en otro mensaje de la red social.

La semana crucial: «El 8-M tenemos que llenar las calles»

La primera semana de marzo supuso un punto de inflexión tanto en el alcance del virus como en la evolución del discurso. Durante la semana, tanto Salvador Illa como Fernando Simón hicieron público que el Gobierno había decidido mantener el escenario de contención, el reservado para casos aislados sin transmisión comunitaria descontrolada, y no elevar el nivel de alerta al de mitigación porque «la contención está funcionando».

El Ministerio de Sanidad negaba aún la crisis, aunque sí admitía que la situación había cambiado y empezaba a decretar la cancelación de congresos y seminarios o la celebración a puerta cerrada de algunos eventos deportivos. Pese a registrarse las dos primeras muertes y conocerse brotes como el sucedido en funeral de Vitoria, en que se contagiaron de golpe 60 personas, el Gobierno siguió adelante con la celebración de las multitudinarias manifestaciones del 8 de marzo con motivo del Día de la Mujer saltándose las recomendaciones del Centro Europeo para el Control y Prevención de Enfermedades (ECDC), que alertaba que España cumplía desde hacía días «una transmisión local» del virus y, por tanto, se debían decretar «medidas de distanciamiento social» y, sobre todo, «evitar actos multitudinarios innecesarios».

El 7 de marzo, cuando España sumaba 430 casos -China cerró Wuhan cuando había algo más de 500 positivos en la ciudad- Fernando Simón afirmaba que cada persona debía considerar por su cuenta si asistir o no a las manifestaciones feministas: «No recomiendo a nadie nada» y «si mi hijo me pregunta si puede ir, le diré que haga lo que quiera», defendía, mientras las organizaciones feministas llamaban a vencer al miedo al coronavirus. El propio jefe del Ejecutivo, Pedro Sánchez, alentaba a «llenar las calles» para defender la causa, una petición que defendían también desde otras formaciones políticas, como Ciudadanos y PP. Como consecuencia, tampoco quedó en suspenso el mitin de Vox en Vistalegre ni los eventos deportivos del fin de semana.

El guion cambió por completo tan sólo un día después. Los casos se disparan, y sólo en Madrid se produjo el primer punto de inflexión en multiplicación de casos, pasándose de 202 a 436, mientras a nivel nacional se alcanzaba el millar. Las medidas restrictivas se multiplicaron, y esa misma semana, unido al goteo de muertes y positivos, la población vio como poco a poco se iban aplicando medidas que limitaban sus actividades habituales e, incluso, la libre circulación tras el decreto del estado de alarma del sábado 14.

Sobre por qué no se aplicaron esas restricciones antes del 8-M por el foco de contagio que supuso una movilización de esas características, Illa argumentó que «el aumento significativo de casos se produjo el domingo al anochecer». Justo después del 8M, con la paralización de la actividad educativa y con la suspensión de eventos como las Fallas de Valencia, Pedro Sánchez asumía ya «la seriedad» del virus y vaticinaba el negro escenario que le deparaba a España: «Vienen semanas duras y difíciles».