Leire Díez cobró más del PSOE, no ya los 15.000 euros que reconocieron sino 45.000, que quién no se pierde entre tanta cuenta con tiza y tanta calderilla de cenicero como manejaba el partido (Ferraz era algo así como un bar de chatos y caracoles). Leire Díez cobró más, Leire Díez era más, Leire Díez hacía más, en el PSOE y en la vida, y yo creo que llegará a mucho más todavía, que va para superstar, con esa cosa que tiene ella de Yurena o como se llame ahora Tamara la mala. A la fontanera del PSOE, que es como una musa o alegoría del sanchismo con la escobilla del váter haciendo de antorcha, le va llegando su sitio, su reconocimiento, a medida que el PSOE recuerda o repiensa. Las nieblas y legañas se van despejando en el PSOE, la memoria va volviendo como se fue, cinematográficamente, con su vahído de espirales y ondulaciones y su musiquita ingrávida (esas escalas de tonos enteros que ponen siempre para el sueño, el flashback, el recuerdo, el olvido o el espejismo). De momento, la que no era nadie ya va siendo asesora de comunicación, pero con estos desmayos y amnesias del PSOE, tan de cine como los de Sánchez, yo la veo llegando mucho más lejos. Yo veo a Leire con carrerón, como una chica Almodóvar del otro Pedro, como la Chus Lampreave del sanchismo, testiga impenitente.
La memoria del PSOE es, como su vista o su olfato, muy mala o muy buena, pero en ningún caso se puede uno fiar de ella. De Leire Díez no se acordaba nadie, a Leire Díez no la había visto nadie, o quizá la confundían con alguna otra entreconocida o entreolvidada, con María Jesús sin su acordeón, con Mari Carmen sin sus muñecos o con Karina sin su baúl, que hay una fama cruel que termina en que nadie te distingue de una persona corriente o incluso vulgar. Leire Díez era una simple militante, sólo había de ella una foto, como si fuera el monstruo del lago Ness, y así nos lo decía en su día Silvia Intxaurrondo, poniéndonos precisamente sus ojos de espiritista o de cazadora de espiritistas, indistinguibles, la verdad, en ese negocio. Leire Díez era una desconocida, era una particular, era un poco “Antoñita la Fantástica”, que creo que dijo Diana Morant. En todo caso era alguien que “no había estado nunca en nómina” del partido, que “no hablaba en nombre del partido” y que yo creo que se encontraron un día en Ferraz en una papelera o en un moisés. 22 veces se la encontraron exactamente, según las investigaciones, porque ella debía de ser como esa gata rubia que vuelve y que a lo mejor no es la misma gata o ni siquiera es una gata, sólo el espíritu de una gata o la alegoría de todas las gatas.
La mala memoria del sanchismo no puede olvidarlo todo ni puede recordarlo todo, así que su esperanza y su jugada es que la fontanera se quede entre la hipnosis, la luz de gas y el cine mudo
Leire Díez no era nadie, salvo alguien que se descolgaba por Ferraz a por calorcillo y raspas y tenía allí sueños con el periodismo y con guardias civiles como un sueño gatuno con piernas, pantuflas y sardinas. Leire Díez no era nadie pero luego fue todavía menos que nadie, o sea una “exmilitante”, como la llama Sánchez. Lo de exmilitante no significa para Sánchez que alguien esté expulsado del PSOE, sino expulsado del pasado, del presente, del futuro, de su espacio y de su tiempo, de toda la realidad y de toda posible existencia. Una vez que tu fontanera, o tu ministro, o tu secretario de Organización, o tu otro secretario de Organización, o tu bro, o tu otro bro, es ya sólo exmilitante o incluso expersona, es como si no hubiera existido, como si nunca hubiera tocado ni obedecido a Sánchez ni a los que enviaba Sánchez, como harekrishnas, a cumplir sus deseos de democracia, limpieza y honradez. A esto es a lo que Sánchez llama “contundencia”, o sea a soltar lastre cuando han pillado a uno de los tuyos, y sólo después de que lo han pillado. En realidad la contundencia es la de la policía y la justicia, lo de Sánchez sólo es ceguera, sordera, disimulo y lavado palanganero de manos como un lavado palanganero de sobaco.
El PSOE ha reconocido una minucia, unos cuantos de miles de euros de diferencia en los pagos a Leire, que ya ha pasado de zumbada con carrito de cartones a alguien que proporcionaba “servicios profesionales de comunicación”. Pero lo significativo no es que recuerden de repente a Leire entre sus montañas de papeles, irrelevancia o alpiste, como un personaje de The office, sino que el PSOE ya no puede negarla. El PSOE ha recordado, o ha cambiado de opinión, o ha mentido, o ha reconocido que mentía (es casi lo mismo en su jerga) porque empieza a haber verdades que no pueden negar ni ellos, que lo han negado todo. Leire cobraba, Leire estaba, Leire se movía por Ferraz, Leire hacía un trabajo al que le podemos seguir el rastro de raspas y las pisadas de zarpa hasta, por lo menos, el despacho de Cerdán, que le ponía el sombrero para dormir o comer como un tipo de los bajos fondos enternecido de gata. Y de ahí sólo hay un salto, o más bien un paso, hasta el One. Leire, que no era nada, puede terminar siéndolo todo.
Leire Díez cobró más, era más, hacía más, que en realidad ya es mucho teniendo en cuenta que no era nadie ni la conocía nadie. Pero ya no puede ser nadie, ya no puede ser una loca que pasa con harapos y plumas, como en una canción de Leonard Cohen, ni puede ser la extra que en la película se sienta en un parque o mete una sombrerera en el taxi, cuando le ha robado la escena a los estrellones del PSOE. La mala memoria del sanchismo, que sólo es buena memoria, no puede olvidarlo todo ni puede recordarlo todo, así que su esperanza y su jugada es que la fontanera se quede entre la hipnosis, la luz de gas y el cine mudo, en un crimen o un romance circunscrito al despacho de Cerdán. Pero yo creo que no, que Leire va a ser una gran estrella y que la recordaremos aún más que a Chus Lampreave, a Ana Belén o a Begoña Gómez. Lo sería ya, la máxima estrella con boas o babuchas, si no fuera por Zapatero, que tenía un plano o un guion del asunto aún más detallado y mortal que la fontanera con cubo de mierda, soplete asesino y línea escupida o masticada de Clint Eastwood.
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