Si hay una preocupación clave dentro de Vox es que ningún factor que depende de la derecha trastoque las previsiones y planes de Gobierno. El partido ya se caracteriza por marcar una actitud de prudencia ante futuribles, aboga por situarse en el aquí y ahora frente promesas de futuro más allá de que si está en su mano habrá un giró de 180 grados en la gestión política del país. Hay recelo a posiciones del PP sobre reformas o la indicación de cómo se estructurará el Ejecutivo. No les gusta que "se venda la piel el oso antes de cazarlo". La última rueda de prensa del portavoz nacional del partido, José Antonio Fúster, en la sede madrileña de Bambú dejó constancia de ese temor, cuando preguntado por la prensa, criticó las salidas de tono del presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo respecto a las bajas médicas y su vinculación posteriormente rectificada o atenuada con el absentismo laboral o situaciones de fraude.
Para Vox, ese tipo de patinazos pueden dar oxígeno a la izquierda, movilizarla más de lo que puede darse cuando la votación de generales sea inminente ante lo que se percibe como un riesgo, un gobierno de coalición con el PP. Fuentes de alto rango de la organización ven al líder popular algo perdido. No entienden que en un momento en el que la oposición al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el PSOE debe estar sujeta principalmente a esa presión judicial por investigaciones sobre presunta corrupción, o por sentencias ya comunicadas como las de José Luis Ábalos, David Sánchez o el exfiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, Feijóo y su equipo opten por abrir debates que desvíen la atención. Aunque es evidente que cualquier error perjudica a la suma conjunta, donde quien más despunta estos meses es Vox con más de 58 escaños estimados en los sondeos, entienden más allá de ellos, cualquier fallo mutuo "perjudica dar la alternativa a España".
Hay una actitud por parte de Vox que ha cambiado respecto al año pasado, a 2024, y con diferencia a estos últimos meses donde mientras se negociaba compartir camino autonómico con el PP se criticaba a sus barones en las campañas de Aragón, Castilla y León o Andalucía –previamente en Extremadura–. Lo que era mayoritariamente una apuesta por ser partido de oposición para crecer a costa del descontento, contra una élite gobernante, bipartidista, que deja de lado los intereses del pueblo –al más puro estilo populista, bajo las tesis estudiadas por figuras como Laclau, Mouffe o Mudde– ha virado a una apuesta institucional clara tras la entrada en cuatro gobiernos autonómicos con el PP y estar claro que la gobernabilidad de la derecha depende de un entendimiento.
¿Esto es fruto de una estrategia electoral o de una evolución tras doce años de rodaje, casi ocho en las instituciones? Hay varios factores que apuntan a que es una mezcla de ambos casos. La pose de partido antibipartidista, de desprestigio contra los populares y de presión permanente, en algunos casos más dura que la sostenida contra la izquierda se fue endureciendo desde la salida generalizada de Ejecutivos en julio de 2024, por las diferencias en inmigración y la apertura del PP de Feijóo a la acogida de menores extranjeros no acompañados pendiente de ejecutar meses antes, en plena crisis migratoria en Canarias o Ceuta y Melilla. Santiago Abascal reforzó junto a los suyos ese perfil duro con la inmigración como elemento de distinción del PP y el PSOE. Y fue en Extremadura donde tomó se elevó más el tono. Se arrastró a Aragón.
Pero la normalización de las negociaciones entre Génova y Bambú y sus equipos autonómicos distinguió lo electoralista con lo formal, con campañas intensas entre medias de la firma de acuerdos autonómicos. Los pactos han ido posicionando a Vox en una actitud y posteriormente en puestos cruciales de Gobierno, lo que por lógica les ha dejado ante un dilema. La elección de un enfoque: o ser partido de gestión, sin perder una actitud crítica, o seguir arremetiendo contra el PP, generando incoherencia o distorsión entre los votantes del bloque de la derecha. El perfil de partido protesta, por tanto, deja paso a un partido prácticamente novel en la gestión prolongada que puede todavía criticar la acción de los antecesores sin todavía desgaste. Eso, es táctica. Durante las negociaciones, de hecho, han implantado la idea de "primero medidas, luego sillones", con la que fortalecer esa actitud de gestión.
Por otro lado, el acceso a las instituciones, con pactos que han arañado asuntos muy relevantes para Vox al PP, como la 'prioridad nacional', obligan a dejar un buen sabor de boca al electorado, también al que no ha apostado por ellos, para que en esta carrera para las generales en el primer trimestre de 2027, y luego en municipales y autonómicas no se desinfle la marca. Pero más allá de ese cambio táctico, que guía la vida de todos los partidos, para su supervivencia y capacidad de acción, hay también una coyuntura que obliga a esa evolución indirectamente.
Los movimientos de Feijóo
La nueva relación con el PP es uno de esos elementos. Lejos de distanciarse –habrá que ver qué ocurre hasta las generales– Feijóo ha apostado por normalizar la relación con Vox activamente sin renunciar a su intento y deseo de gobernar en solitario. Utiliza "el peor momento" de Sánchez y el PSOE, para indicar que con un Vox dentro de pactos con medidas que respetan la Constitución, el socialista es "más peligroso" que Abascal. Por cuestiones, además, como la amnistía, los pactos con el independentismo que ponen en "riesgo la unidad de España" o con EH Bildu. La actitud del gallego ha sido saludada por el dirigente de Vox, que en la última Asamblea General del partido en Madrid, en junio, instó a sus vicepresidentes de gobiernos autonómicos "respeto" al PP como aliado mientras ellos respeten a su partido y los acuerdos rubricados. Un giro, en definitiva, a esa actitud combativa. Muestra de ello es que más allá de alguna crítica esporádica, velada, para mantener esa sensación de distinción del PP, no haya ataques contundentes.
Igualmente, hay que destacar que frente al rechazo de acudir a recepciones y a actos públicos donde tuviera participación el Gobierno y Sánchez, incluso si se trata de un acto con la Familia Real, Vox ha empezado a rectificar esa postura. Después de negarse a acudir al acto parlamentario por los 50 años de democracia, en febrero Vox sí participó en la celebración por la Constitución más longeva. También en la recepción al papa León XIV en el Congreso pese a las discrepancias en materia de inmigración o tras los roces con la Conferencia Episcopal. Al PP le preocupaban desplantes similares una vez estuviesen dentro de los Consejos de Gobierno autonómicos, algo que parece haber quedado atrás.
A esa institucionalización se añade la proyección de los sondeos y el desplome de las fuerzas de izquierda en este último ciclo, una seguridad extra que enlaza con ese temor de Vox a que cualquier alteración de lo cotidiano desvíe a la derecha de Moncloa. Las derrotas de los sucesivos ministros que han saltado a la arena autonómica, como Pilar Alegría o María Jesús Montero, así como las dudas que dejan proyectos pendientes de refundación, como Sumar, auguran una suma conjunta tras las generales muy por encima de los 176 diputados exigidos. Ahora PP y Vox cuentan con 169 –tras la salida de Javier Ortega Smith al Grupo Mixto–. Tampoco hay una competencia fuerte por la extrema derecha, con partidos como Se Acabó la Fiesta (SALF) sin apenas opciones y sin resultados en las autonómicas.
Ese pronóstico obliga a Vox a dar un paso más, a intentar abrirse y ganar voto en otros sectores con apuesta de medidas más allá del discurso antiinmigratorio. De ahí la presentación de programas económicos como el de desregularización, otra de las banderas con las que quieren despuntar en los próximos meses. Lo gestionan en las autonomías desde las vicepresidencias.
Interacción e interés de sectores externos
En añadido, esa sensación de gobernabilidad también ha acercado a sectores externos a Vox, aquellos que antes, dicen fuentes nacionales, evitaban posicionarse o dejarse ver con ellos por temor a represalias o a cancelación. Aunque se ha publicado que el partido se abre al Ibex35 –después de la salida de todo el sector más ultraliberal, capitaneado por Iván Espinosa de los Monteros–, desde Vox se traslada que no ha habido encuentros con todas las grandes empresas, bancos o multinacionales. Simplemente reuniones muy concretas de dirigentes del partido con algún empresario. "Encuentros privados y personales", no como Vox y sí para determinadas consultas concretas o para abordar temáticas puntuales. Pero no ven extraño que tras ese plan de desregularización o en vista a que pueden gestionar, el sector económico tenga interés por cómo piensan hacerlo.
Más que una evolución interna de cara al público, en Vox creen que ha sido al contrario, que la posición relevante de la formación ha hecho que el resto de actores y poderes "nos hayan normalizado". "Saben que vamos a tener competencias de Gobierno" y ahora tienen interés. Se mencionan encuentros con otros sectores, preparación de documentos o compromisos públicos en el ámbito de algunas portavocías nacionales que se irán anunciando en los próximos meses. Esta evolución da la mano a un intento de desdemonización como el emprendido como socios europeos como Marine Le Pen en Francia o Giorgia Meloni en Italia.
Hay algunos riesgos de futuro. Todo partido protesta que ha prosperado, lo ha hecho por esa intensidad respecto a un partido mayoritario: el caso más claro es Podemos con el PSOE. Pero el rol de Gobierno ha permitido al mayoritario absorber al pequeño, llevándose en la mayoría de ocasiones el éxito de las medidas. La atracción del PP a posturas más duras en inmigración podría terminar desgastando a Vox. Aunque los antecedentes europeo demuestran que este mimetismo suele beneficiar a los partidos nacionalpopulistas y perjudicar a la derecha clásica, la solidez del bipartidismo en España plantea un escenario diferente. Más cuando el proyecto de Vox depende casi en su totalidad del liderazgo carismático de Abascal, como de Pablo Iglesias y Yolanda Díaz dependieron Podemos y Sumar. Y Sánchez, acabó asumiendo algunas tesis de esa izquierda alternativa. Esto es algo que dentro de Vox tiene claro, han analizado y se esfuerzan en afrontar con la insistencia permanente de que son el auténtico motor de cambio.
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